Un espacio para la reflexión filosófica y teológica

miércoles, 27 de mayo de 2020

LA PREDESTINACIÓN Y EL EVANGELISMO



Por
Mauricio A. Jiménez

Si hay personas escogidas para salvación desde antes de la fundación del mundo, si hay gentes que ya han sido predestinadas por Dios a la vida eterna, en un acto absolutamente soberano y libre, ¿para qué entonces predicar el evangelio? Si Dios, por cuanto es Soberano, va infaliblemente a salvar a sólo los que ha escogido para salvación, ¿qué diferencia hace, para el caso de los que se salvarán y los que no, que yo les predique o no el Evangelio? Si hay personas predestinadas, ¿qué sentido tiene que prediquemos el Evangelio, sin distinción, a todas y cada una de las personas?

Estoy seguro que usted ha escuchado alguna vez algo parecido a las preguntas anteriores, o quizás usted mismo así lo pensó cuando comenzó a explorar las doctrinas de la elección y la predestinación. Son objeciones muy comunes; algunas veces surgen de la genuina y honesta sencillez de quienes poco o nada entienden estas doctrinas; otras veces surgen de parte de quienes, habiendo creído entenderlas, disparan cual dardo encendido a esta enseñanza, acusándola de ser obstáculo a la labor evangelística, o causa de retraso en la urgencia de predicar el Evangelio.
Sea cual sea el motivo de porqué algunos así han pensado, lo cierto es que tal opinión carece de razón respecto de lo que se acusa. Nada es más falaz que esa idea, nada más alejado del pensamiento calvinista y reformado. Pero la objeción existe y debemos saber cómo responder ante ello.
Pues bien, para cualquier verdadero converso, es indiscutible el hecho de que no vino él a la fe cristiana simplemente porque un día amaneció de buena gana sintiendo el deseo de buscar a Dios y creer en Jesucristo para salvación de su alma, en un acto completamente aparte e independiente del oír el Evangelio o haber al menos antes tenido algún acercamiento con el mensaje de buena nueva.
Aunque es cierto que en tiempos pasados el Señor se manifestó (habló) de muchas maneras a los antepasados de Israel mediante profetas, dice también el autor de la carta a los Hebreos, «en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo» (He. 1:1-2). Con esto quiso él significar, entre otras cosas, que aunque Dios comunicó porciones o fragmentos de revelación especial a través de diversas maneras, tales como: visiones, sueños, voces audibles desde el cielo, mensajes angelicales, Urim y Tumim, entre otras modalidades, en Cristo en cambio se ha revelado plenamente, no de manera fragmentaria, o en diversidad de tonos y colores, sino mediante quien es «el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia» (He. 1:3). En Jesús, Dios se ha revelado para salvación, no sólo al Israel nacional que esperaba al Mesías, sino también al gentil—esto es, al no judío. Con esto en cuenta, tenemos que reconsiderar el supuesto de que una persona, en la actualidad, pueda venir al encuentro espiritual con Dios mediante una fe salvífica que no se siga de un conocimiento de quién es Cristo y cuál su obra como Dios-hombre en medio de los hombres, un conocimiento que únicamente nos ha sido comunicado mediante el Evangelio, el mismo que comenzó por vociferación de quienes fueron los testigos originales de Cristo; de su ministerio, muerte y resurrección, pero que hoy ha llegado a nosotros por medio de lo que llamamos el Nuevo Testamento.
Así pues, podemos estar ciertos de que nadie que no haya oído el Evangelio de Jesucristo, tal como nos ha sido entregado en las páginas de las Escrituras, podría creer con completa fe salvífica, pues que la fe que entraña salvación tiene que ver con una Persona, y esa Persona no es otra que Jesucristo, el Hijo eterno del Dios eterno. El propio Juan, en una declaración de propósito casi al final de su Evangelio, comienza diciendo que hizo Jesús muchas otras cosas en presencia de sus discípulos, pero que no están escritas en su propio testimonio evangélico; sin embargo, esta selección de sucesos que él escribió, dice Juan: «se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre» (Jn. 20:30-31).
De las propias palabras de Pablo a los Romanos se deduce que es el oír el Evangelio que nos revela a Cristo la base lógica para poder creer e invocar a Dios para salvación. En Romanos 10, desde el versículo 14 en adelante, el apóstol presentó una serie de preguntas retóricas que se siguen de la cita que hizo del profeta Joel: «porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo» (10:13; cf. Joel 2:32). Ahora Pablo sale al paso de su propia afirmación preguntando: «¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados?» (vv. 14-15). Una cosa lleva a la otra. Si invocar el nombre del Señor conlleva salvación, se sigue que primero tiene que haber una convicción acerca de la Persona a quien se ha de invocar; sin embargo, no se puede tener tal convicción sin antes haber oído el mensaje que contiene el material sobre el cual—y respecto de quien—se ha de depositar la fe. Ahora bien, este oír es por la predicación de quienes ya han recibido antes el mensaje y creído en él. Pero el mensaje no puede quedar contenido herméticamente en el envase de una pequeña comunidad judía-cristiana, debe ser entregado a otros, de manera que es necesario que los que han conocido el Evangelio sean enviados para que otros también puedan oírlo, creer, invocar el nombre del Señor y ser salvos. De todo esto se sigue la propia conclusión a la que Pablo llega: «Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (v. 17).
El evangelismo—la proclamación del evangelio—es el medio que Dios determinó para llamar a sus escogidos en este nuevo eón. La labor del cristiano es pregonar ese Evangelio, anunciar la buena nueva de salvación a todos los hombres del mundo. Esto está en completa avenencia con el mandato imperativo del Cristo resucitado: «Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones…» (Mt. 28:19).
Nuestra responsabilidad, por consiguiente, es predicar el Evangelio sin distinción alguna de raza o nacionalidad; color político o filosofía de vida, pero es a hacerlo sin llevar sobre nuestros lomos la inquietante pregunta de quiénes han de ser salvos o quiénes han sido señalados por Dios para recibir salvación. No estamos llamados a preguntar quiénes serán salvos, sino a pregonar salvación a todo el mundo por medio de Jesucristo. No se nos manda a cuestionarnos acerca de los escogidos o por los que creerán nuestro mensaje—pues creemos por las Escrituras que esa es la obra de gracia del Espíritu Santo obrando en los corazones por su llamamiento eficaz, no la nuestra—sino a presentarle a Cristo a los hombres. No estamos llamados a convertir al pecador en un hijo de Dios, sino a entregar un mensaje al mundo. Como bien señaló el reconocido teólogo reformado, John Murray: «…Cristo es presentado a todos sin distinción a fin de que puedan entregarse a él para salvación. El ofrecimiento del evangelio no está limitado a los elegidos, ni siquiera a aquellos por los que Cristo murió.»[1] Nuestra labor como Iglesia y cuerpo de Cristo, es ser los agentes activos del llamamiento general de Dios «a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó» (Hch. 17:30-31). En resumidas cuentas, Dios nos ha encomendado como Iglesia la bendita tarea de predicar a Cristo a las naciones; no únicamente a los que han sido por Dios señalados a la vida eterna—cosa que no nos compete saber—sino a todas las gentes del mundo. De nuevo entonces: nuestra tarea consiste únicamente en predicar fielmente el mensaje del Reino y la cruz de Cristo a todos los hombres sin excepción. Corresponde al secreto de Dios, en el ejercicio libre de su soberana complacencia y eterno propósito, el número de los que han de ser salvos, obrando por su Espíritu en los corazones de aquellos a quienes escogió he hizo recipientes de su gracia especial y eterna salvación, para que respondan en fe a la predicación de Cristo.


[1] John Murray, La Redención: Consumada y Aplicada (Grand Rapids, Mi: Libros Desafío, 2007), 108.

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