Un espacio para la reflexión filosófica y teológica

sábado, 2 de febrero de 2019

ACERCA DE SI LOS NIÑOS NACEN PECADORES

Mi hijo David a los dos días de nacido



Una de las discusiones que más a menudo he leído entre cristianos por redes sociales, es si acaso los bebés son pecadores al nacer. Parece un tema trivial, pero sin duda se trata de un asunto que no pocos se han preguntado a la hora de estudiar la doctrina bíblica del hombre y su relación con el pecado. Entonces, ¿cómo respondemos a la pregunta de si los niños nacen pecadores? Los que somos padres y hemos tenido la dicha de sostener a nuestros bebés en los brazos, podemos ser rápidamente tentados a pensar en términos de la inocencia de nuestros hijos a edades tan tempranas, y es que nos parece impensable que tal criatura que irradia ternura pueda en verdad ser pecadora y merecedora del juicio de Dios.
Para aclarar mi punto de vista a esta cuestión, debo comenzar afirmando que los bebés no son conscientes de pecado, ni tampoco son capaces de cometerlos en forma pensada y responsable―no pueden distinguir entre lo bueno y lo malo, dado que no saben lo que es bueno y lo que es malo (cf. Dt. 1:39; Ro. 9:11). En otras palabras, los niños en edad más tierna no tienen responsabilidad moral, y por lo tanto no son pecadores en cuanto a que cometan pecados voluntarios y conscientes. No obstante aquello, y como reformado, afirmo que todos los seres humanos nacemos corrompidos (corrupción original), lo que implica: negativamente, la privación de la justicia original (incapaces e impedidos de hacer el bien); y positivamente, una disposición inherente hacia el mal―o una inclinación natural hacia el pecado. En este sentido afirmo también, junto con todos los teólogos reformados, que los niños en edad tierna también son pecadores, pero significando con ello que portan una naturaleza depravada (corrompida), que llegada la edad de la responsabilidad moral se manifestará en pensamientos y actos de pecado y desobediencia. Como dice la Escritura: "el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud" (Gn. 8:21; o "desde su niñez", BJ). ¿Puede negarse el hecho de que todo niño de la Tierra es un potencial pecador que, tarde o temprano―y mientras viva―va a cometer pecados conscientes y a voluntad? Nadie cuya opinión sea bíblica puede negar eso―todos cometemos pecados (1R. 8:46; Sal. 14:3; Ecl. 7:20; Mr. 10:18; Ro 3:9).
Ahora bien, decimos también que los infantes son responsables de pecado y pecadores en un sentido que no concierne a los actos individuales cometidos en forma voluntaria y en el transcurso de cada vida, sino en cuanto a su filiación con Adán como cabeza representativa de la raza humana. Cuando Adán pecó, toda la humanidad pecó en él, de manera que su transgresión es considerada como la transgresión de toda la humanidad (Ro. 5:12, 19a). Su pecado nos es imputado a todos los hombres, bajo el mismo principio en que nuestros pecados le son imputados a Cristo en la cruz, y su justicia imputada a nosotros por la fe (el principio de representatividad federal o pactual). Cuando Adán cayó, toda la humanidad cayó con él. Y dado que el "pecado original" (peccatum originale, esto es, las consecuencias de este primer pecado) no sólo implicó la transmisión de la corrupción original a toda la humanidad representada entonces en Adán, sino también la "culpa original" (esto es, reatus poenae o "deuda penal") y la condenación subsiguiente (Ro. 5:18a); el hombre entonces es pecador tanto en el sentido de que hereda la culpa, como en el sentido de que la culpa y la corrupción original son consideradas pecado como tal. Es así entonces que decimos que los infantes son también pecadores, aun cuando ellos mismos no han cometido pecados conscientes y voluntarios.
Es entonces sobre la base de todo lo anterior que decimos y declaramos que los niños también necesitan ser salvados, y que la base de la salvación de ellos es la misma que la nuestra: La obra graciosa de Jesucristo en la cruz para remisión de nuestros pecados y justificación ante Dios el Padre. Debemos, pues, orar por nuestros hijos, para que Dios tenga misericordia de ellos y obre su redención también en sus vidas según las promesas de su pacto de gracia.



Mauricio A. Jiménez


domingo, 25 de noviembre de 2018

LA IMPECABILIDAD DE CRISTO―Parte 1


Por
Mauricio A. Jiménez

  

INTRODUCCIÓN

Existe un consenso general, una suerte de unanimidad entre los cristianos, respecto a la creencia de que Jesús jamás pecó. Y es que hay suficientes textos bíblicos que además así lo confirman. Por ejemplo, en 2 Corintios 5:21 podemos leer al apóstol Pablo diciendo: “Al que no conoció pecado, por nosotros [Dios Padre] lo hizo pecado,…”. El autor inspirado de la epístola a los Hebreos también escribió: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.” (He 4:15). Más adelante agrega: “Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos” (7:26). El apóstol Pedro habla del “cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca” (1 Pe 2:22), casi en los mismos términos que usa Isaías en la profecía sobre el “siervo doliente”, el cual “nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca” (Is 53:9). En 1 Juan 3:5 se nos dice que Jesús “apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él”. Jesús mismo puede referirse a esta condición impecable cuando le dice a un grupo de judíos reunidos en el templo: “no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada” (Jn 8:29, cf. 8:46―“¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?”, cf. 14:30). También, y en otra oportunidad, les dijo a sus discípulos: “Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor” (Jn 15:10). “Esta difusión de la carencia de pecado de Jesús por toda la tradición cristiano-primitiva” ―dice Pannenberg― “muestra que ya desde los principios de la comunidad cristiana se había reconocido la importancia especial de este hecho. ¿De qué otro modo podían haberse afirmado los primeros cristianos frente a sus rivales judíos sin poner de relieve este punto?”.[1]La constatación de la carencia de pecado de Jesús” dice también Pannenberg un poco antes― “no es otra cosa que la expresión negativa de la misma realidad de la entrega de Jesús a Dios, la cual ha sido hasta ahora el objeto de nuestras consideraciones desde el punto de vista positivo de su ser como hijo de Dios y de su libertad con respecto a Dios. Si el pecado consiste esencialmente en la vida en contradicción con Dios, en la hermeticidad egocéntrica de nuestro yo con respecto a Dios, entonces la unidad de Jesús con Dios por su comunión personal con el Padre y por su identidad personal como hijo de Dios significa directamente exclusión de todo pecado”.[2] Tan importante es este punto, que el Credo Calcedonio puede decir de Jesús: “consustancial con nosotros de acuerdo a la humanidad; en todas las cosas como nosotros, sin pecado... ”
No obstante a la certeza de saber que Jesús jamás pecó, cabe preguntarse si era realmente posible que lo hiciera. En mi opinión y en la de varios otros teólogos―y esto es de lo que se tratará nuestro estudio en dos partes―Jesús no solo no pecó, tampoco podía pecar. A este respecto, la unanimidad de opinión entre los estudiosos no ha sido la misma que con respecto a la vida sin pecado de Jesús; y surgen una serie de objeciones, algunas un tanto más difíciles que otras, pero que igualmente serán analizadas y respondidas en lo que sigue de este estudio.


LA IMPECABILIDAD EN EL HIJO

Entre las objeciones a la impecabilidad de Jesús, quizás la más común suene algo así como esto: “si Jesús no podía pecar, entonces ¿hasta qué punto las tentaciones fueron reales?”. Otro alegato también muy común es: “Si Jesús realmente era humano, entonces sí podía pecar”.
Es cierto que los tres Evangelios sinópticos registran aquella vez en que Jesús fue tentado por Satanás, luego de haber ayunado por cuarenta días en el desierto (Mt 4:1-11; Mr 1:12-13; Lc 4:1-13). También el autor de la epístola a los Hebreos afirma que Jesús fue tentado en todo, “así como nosotros” (VM), “solo que él jamás pecó” (DHH) (He 4:15, también He 2:18). Hasta aquí, las Escrituras confirman la realidad de las tentaciones y la ausencia de pecado en Jesús (léanse también los casos de Mt 16:1; 19:3; 22:18; 35). Por ahora, sabemos que Jesús nunca pecó, pero ¿podría haberlo hecho? ¿Podría haber cedido a las tentaciones, aunque tan sólo como una posibilidad hipotética? Algunos estudiosos insisten en que Jesús podría haber pecado, sólo que no lo hizo; podría haber cedido al pecado, pero se resistió a ello. El ya citado Wolfhart Pannenberg sostiene la idea de que “La inocencia de Jesús, por tanto, no constituye una incapacidad de hacer el mal que sea inherente por naturaleza a su ser humano, sino sólo un resultado de todo el proceso vital de Jesús.[3] Pero pensemos un poco en estas aseveraciones. La posibilidad de que Jesús pudiera pecar, la capacidad o posibilidad de hacerlo, ¿podría resultar en una descalificación de Cristo como nuestro Dios y Salvador? Desde una perspectiva teológica sí, ya que si Cristo, como Hijo de Dios y Dios encarnado, tuvo la capacidad y/o posibilidad de pecar, significa que Dios mismo pudiera eventualmente pecar. “Si Él pecó”, dice Macleod, “Dios pecó. A este nivel, la impecabilidad de Cristo es absoluta. No se basa en su dotación única del Espíritu ni en el propósito redentor de Dios que no cambia, sino en el hecho de que Él es quien es”.[4] Pero si Dios pudiera eventualmente pecar eso contradice todo lo que sabemos acerca de la naturaleza de Dios. La Santidad es un atributo propio de la Deidad, una de las perfecciones que está presente en su propia naturaleza inmutable, no como algo periférico o accidental a su Ser, sino como esencial y necesario al Ser de Dios. Es, de hecho, el único atributo que en la adoración a Él por parte de sus principados se menciona en toda su gloria y esplendor (Is 6:3, el superlativo absoluto “Santo, Santo, Santo”). Esta forma de Santidad está presente también en el Hijo (p. ej. Ap 3:7), y una buena lectura de Apocalipsis 4:8 nos lleva a comprender que es a Jesús a quien, llamado Señor Dios Todopoderoso, se le confiere esta categoría de Santidad, como una clara indicación a Isaías 6:3.
La santidad de Dios es, como dijo W. E. Best, “mucho más que la ausencia del pecado, es una virtud positiva […] Decir que El pudo haber pecado es negar la santidad positiva. Por lo tanto, negar la santidad positiva es negar el carácter santo de Dios. La santidad es la virtud positiva que no tiene lugar ni interés en el pecado. El Señor Jesús no pudo pecar porque los días de su carne significaron sólo adición de experiencia, y no variación de carácter. La humanidad santa fue unida a la Deidad en una Persona indivisible, el Cristo impecable. Jesucristo no puede tener más santidad porque El es perfectamente santo; El no puede tener menos santidad porque El es inmutablemente santo.[5]
Wayne Grudem traza también un muy buen argumento en respuesta a la negación de la impecabilidad de Cristo, cuando nos dice:

Si la naturaleza humana de Jesús hubiera existido por sí misma, independiente de su naturaleza divina, habría sido una naturaleza humana semejante a la que Dios dio a Adán y a Eva. Estaría libre de pecado, pero, no obstante, con posibilidad de pecar. Por lo tanto, si la naturaleza humana de Jesús hubiera existido por sí misma, estaba la posibilidad abstracta o teórica de que Jesús podía haber pecado, como la naturaleza humana de Adán y Eva tenían la posibilidad de pecar. Pero la naturaleza humana de Jesús nunca existió aparte de la unión con su naturaleza divina. Desde el momento de su concepción, existió como verdaderamente Dios y también como verdaderamente hombre. Su naturaleza humana y su naturaleza divina existieron unidas en una persona. Aunque hubo algunas cosas (tales como sentir hambre, sed o debilidad) que Jesús experimentó sólo en su naturaleza humana y no las experimentó en su naturaleza divina, no obstante, un acto de pecar hubiera sido una acción moral que habría involucrado al parecer toda la persona de Cristo. Por lo tanto, si él hubiera pecado, hubiera involucrado su naturaleza humana y su naturaleza divina. Pero si Jesús como una persona hubiera pecado, involucrando sus naturalezas humana y divina en el pecado, Dios mismo habría pecado, y él hubiera dejado de ser Dios. No obstante, eso es claramente imposible a causa de la infinita santidad de la naturaleza de Dios. Por tanto, si estamos preguntando si era de veras posible que Jesús hubiera pecado, parece que debemos concluir que no era posible. La unión de sus naturalezas humana y divina en una persona lo evitaba.[6]

Respecto a esta misma posición de impecabilidad, algunos podrían argüir en cuanto a la real humanidad de Cristo, diciendo que si no podía pecar entonces no podría haber sido verdaderamente humano, ya que todos los humanos pecan―está en la naturaleza del hombre hacerlo, dirán estos. Sin embargo, a pesar de que esta objeción pareciera tener sentido para algunos, hay que recordar que es ahora que el hombre se encuentra en una situación desfavorable; esto es, depravado en su naturaleza moral y espiritual, y esclavo del pecado. No obstante en un principio Dios le creó puro y libre de corrupción (aunque con la posibilidad de ser corrompido). Adán y Eva no eran menos humanos en el principio―antes de la caída―por lo que dicha objeción carece de fundamento. A este mismo respecto sería bueno señalar qué es lo que hace que un hombre sea verdaderamente humano. ¿Es el hombre diferente de las bestias porque este puede pecar y ellas no? Más allá de las obvias diferencias físicas que nos hacen externamente o fenotípicamente humanos―esto es, dentro del orden zoológico―, el ser humano no es definido ni diferente de las bestias sólo por sus inclinaciones morales (aun cuando la moralidad es un aspecto propiamente humano), sino más bien por sus capacidades o habilidades psíquicas y cognitivas, esto es; por su capacidad de reflexionar respecto de la propia existencia, de abstraerse hasta lo más profundo de sus pensamientos y meditar sobre cosas tan diversas como: su pasado, su presente y su futuro (así como del pasado, el presente y el futuro de otros). Todas estas son habilidades propiamente humanas y que nos hacen humanos―pero todavía no son habilidades únicamente humanas, porque también tenemos buenas razones para suponer que son habilidades que también tienen los ángeles en el cielo (y ellos no son humanos). Ciertamente, la imagen de Dios en el hombre, aunque dañada y pervertida a causa de la caída―pero no totalmente perdida ni destruida―es el gran sello distintivo de la humanidad, la característica principal que hace al hombre no sólo distinto de las bestias, sino también superior a ellas y diferentes de cualquier otra criatura celestial―y Jesucristo es la verdadera y más perfecta imagen de Dios.
En definitiva, nuestra humanidad no está definida―ni depende de―la posibilidad de pecar. La posibilidad de pecar―y la inclinación positiva de hacerlo―no es una condición necesaria para la humanidad. Pecar no es una propiedad que define lo que es ser un humano; aunque es una realidad empírica de nuestra humanidad, no es necesaria la posibilidad de pecar para determinar si acaso se es humano o no, pues el pecado―y la posibilidad de pecar―es una cosa más bien tangencial o accidental al ser del hombre, pero no esencial a ese ser en cuanto a la humanidad. Como dije más arriba, nuestros ancestros Adán y Eva no eran menos humanos antes de la caída de lo que fueron después de la caída. Del mismo modo, el Hijo de Dios no fue menos humano que nosotros luego de la encarnación, incluso ante la ausencia de pecados en Él. No obstante esta ausencia de pecados no implica que su naturaleza humana fuera distinta a la nuestra, ni menos aún que la sustancia de su carne fuera distinta a la sustancia de nuestra carne (véase una defensa en este sentido en Ireneo de Lyon, Adversus haereses V. 14, 3, cf. Tertuliano De carne Christi 16). De lo anterior, se sigue que es correcta entonces la observación que nos hace Erickson:

Desde el momento en que mantenemos que, por el contrario, el pecado no forma parte de la esencia de la naturaleza humana, en lugar de preguntar: ¿Jesús era tan humano como nosotros? debiéramos pregunta: ¿Somos tan humanos como Jesús? Porque el tipo de humanidad que nosotros poseemos no es humanidad pura. [...] El resto de nosotros no somos más que versiones de humanidad rotas y corruptas. Jesús no sólo es tan humano como nosotros; es más. Nuestra humanidad no es el estándar por el que tenemos que medir la suya. Su humanidad, verdadera y sin adulterar, es el estándar por el que nosotros tenemos que medirnos.[7]

Una pregunta adicional que podemos hacernos es: ¿Por qué los seres humanos pecamos si el pecado no es un elemento esencial o necesario para conformar nuestra humanidad? La respuesta a esta pregunta es que el hombre peca porque ha caído, peca porque su naturaleza moral y espiritual está corrompida desde el núcleo mismo de su ser. Pecamos porque estamos depravados en nuestra naturaleza y porque nacemos con una inclinación al mal como consecuencia de la caída. Pecamos porque hemos heredado de Adán el pecado original, el cual es privación de la justicia original y la disposición positivamente inherente hacia el pecado. Ahora bien, Jesús no podía pecar porque, además del argumento respecto de su divinidad, no compartía la misma naturaleza caída del resto de la humanidad―y, no obstante, seguía compartiendo la plenitud de la condición humana. Siendo Él el Hijo eterno de Dios que asumió una condición humana tomando de María virgen la sustancia de su carne, no heredó, en su encarnación, la naturaleza pecaminosa con la que vienen al mundo los hombres a causa del pecado de Adán. Jesús, de hecho, es el hombre en su más perfecta expresión[8], el segundo y último Adán, el divino Hijo encarnado que no está bajo el primer Adán en cuanto a representatividad pactual (y por ende no participa de la caída, ni sufre la culpa y la penalidad de su transgresión) sino que le trasciende y le supera como cabeza de la nueva creación y también como cabeza representativa de aquellos que están bajo el pacto de gracia y participan de esa nueva relación pactual. Por cierto que además, como ya lo advirtió Grudem en una cita anterior, la humanidad de Jesús no existió nunca separada de su Deidad―a diferencia de nuestros padres Adán y Eva―de manera que en Jesús no sólo tenemos a un hombre perfecto y libre de pecados, también tenemos a quien, siendo uno con Dios, era perfecta e inmutablemente santo y recto.
Y aunque afirmamos la verdadera humanidad de Jesús, cabe también señalar que si bien es cierto Jesús fue “hecho semejante a los hombres”, como declara Pablo en Filipenses 2:7, también es cierto que es muy diferente de ellos―de nosotros. W. E. Best tiene razón al afirmar que:

No se puede llevar a cabo un paralelo completo entre Cristo y el hombre. En la concepción y nacimiento de Cristo, se realizó una unión entre el Hijo eterno y la naturaleza humana (Juan 1:1, 14). Nada puede ser más alejado de la concepción y nacimiento del hombre. El hombre es la criatura creada de Dios; así que, no es eterno. Además, desde Adán, el hombre es el producto de la procreación. La concepción de Cristo fue sin un padre humano. Su naturaleza humana le vino de Dios el Padre, por medio del Espíritu Santo, y en el vientre de la virgen (Heb. 10:5; Mat. 1:18-21; Luc. 1:35). El hombre es el producto de un hombre y de una mujer quien concibió el hombre en pecado (Sal. 51:5). La iniciación humana fue totalmente excluida de la concepción de Cristo, lo cual nos capacita a comprender la ausencia total de la capacidad de pecar en la Persona y vida de Cristo. El quedó fuera de Adán y la generación ordinaria. Por el contrario, el hombre debe su existencia a la iniciación humana en la providencia de Dios. El hombre es pecador por naturaleza.[9]

Una cosa más que podemos agregar a todo lo anterior, es que si Jesús pudiera haber pecado, sería inevitable que Él aún pudiera hacerlo hoy, porque Él retiene en el cielo las mismas dos naturalezas que tuvo mientras vivió en la tierra. El Hijo de Dios es Dios-Hombre desde el minuto de la encarnación, y así permanecerá para siempre, conservando plenamente no sólo la Deidad que en su existencia eterna comparte con el Padre y con el Espíritu Santo, sino también su verdadera Humanidad; dos naturalezas por las cuales ha de ser reconocido; ambas inconfundibles, incambiables, indivisibles e inseparables, concurrentes en una sola Persona y una Sustancia: Jesús de Nazaret.


LA IMPECABILIDAD Y LA LIBRE AGENCIA EN LA PERSONA DEL HIJO

Es cierto que la legítima libertad significa precisamente la capacidad real para escoger entre cosas opuestas, por ejemplo: pecar o no pecar, de manera que si Jesús no tenía realmente la posibilidad de pecar podría entonces decirse que tampoco tenía la capacidad de desobedecer (que es en sí una forma de pecado), por lo que el hecho de haber obedecido en todo al Padre―como afirma la Escritura―no tiene realmente ningún valor en sí mismo, pues no tenía “otra opción”. Razón tienen José M. Martínez y Ernesto Trenchard cuando, en su comentario a Génesis, dicen: “Obviamente lo que da valor a la obediencia es la posibilidad de no obedecer, y lo genuino del amor se halla en su espontaneidad y en la ausencia de toda fuerza irresistible que lo inspire.”[10] Estamos entonces ante lo que parece ser una muy interesante objeción que no podemos pasar por alto sin más. Es necesario, por tanto, ahonda un poco más en este punto antes de cerrar esta primera parte.
Necesitamos recordar que en la Persona de Jesús coexisten dos naturalezas: una perfecta y verdaderamente divina, y otra perfecta y verdaderamente humana (una “Unión Hipostática”). Correspondientemente, la una le significó poseer todos los atributos propios de la Deidad, mientras que la otra le revistió del ropaje de los hombres, es decir de una total y verdadera humanidad. En su humanidad, Jesús no compartía la naturaleza pecaminosa del resto de los hombres, en su Deidad era completamente Santo. Surge entonces la pregunta: en su humanidad, ¿Jesús era realmente libre para escoger entre cosas opuestas? En lo que concierne a decisiones cotidianas y moralmente neutrales como: comer o no comer; avanzar o no avanzar, diremos que en efecto lo era, de eso no puede haber duda alguna. ¿Estaba afecto aquello al ejercicio de la voluntad? Completamente, puesto a que “libre” y “voluntario” funcionan aquí en realidad como aspectos de una misma cosa. Ahora bien, en su obediencia, ¿hizo Jesús empleo de la libre agencia y consentimiento, o sólo fue impelido activa y positivamente por alguna fuerza coercitiva y externa a Él para obedecer? Ciertamente hizo empleo de su libre agencia (Fil 2:8), aunque esta misma estaba ligada a obedecer la voluntad última del Padre (Mt 26:39, cf. Lc 22:42; Jn 5:30; 6:38), de manera entonces que en realidad sí tenía la facultad de escoger lo opuesto, pero su razón de ser permanecía sujeta al propósito por el cual llegó a ser, y esta razón de ser implicaba obediencia absoluta en todos sus aspectos. No obstante, debemos seguir preguntándonos antes de sacar conclusiones. En su Divinidad, o mejor dicho, en su condición de Dios, ¿era libre para escoger entre cosas opuestas? Sí, realmente lo era, pero cabe señalar que esta libertad de escoger entre cosas opuestas no puede equipararse con la capacidad que tienen los hombres de escoger entre cosas moralmente opuestas. Dios puede, en efecto, escoger entre cosas enfrentadas a oposición (p. ej. crear o no crear), pero siempre sus elecciones son el resultado práctico de su naturaleza; el resultante lógico de la participación de cada uno de sus atributos, de manera que no puede existir conflicto en el Ser de Dios respecto a cada una de sus elecciones―la armonía y coherencia de las mismas son absolutas. Dios es total y perfectamente Santo. Dijimos que “la santidad es la virtud positiva que no tiene lugar ni interés en el pecado, de modo que el hecho de que no pueda pecar no milita en modo alguno contra su absoluta libertad de elección, sino que simplemente es la consecuencia lógica del conjunto y suma de todas sus perfecciones morales. Ambas realidades, la humanidad, por una parte; y la Deidad, por la otra, se encuentran en la sola Persona de Jesús de Nazaret, el Cristo impecable. De manera que si preguntamos, finalmente, si era entonces realmente posible que Jesús pudiera pecar, debemos concluir que no lo era, porque en Él se hallaba no sólo una humanidad libre y sin corrupción, sino que también el atributo de Santidad inmutable, motivo por el cual no sólo no se interesó en pecar, sino que tampoco era realmente posible que lo hiciera.

NOTAS:



[1] Wolfhart Pannenberg, Fundamentos de Cristología (Salamanca: Sígueme, 1974), p.442.
[2] Ibíd., p. 441.
[3] Ibíd., p. 451.
[4] Donald Macleod, The Person on Christ (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1998), pp. 229-230.
[5] W. E. Best, Estudios en la Persona y la Obra de Jesucristo, (Houston, Texas: WEBBMT, 1994), pp. 3 y 4.
[6] Wayne Grudem, Teología Sistemática (Miami, Florida: Vida, 2007), pp. 563-564.
[7] Millard Erickson, Teología Sistemática (Barcelona: CLIE, 2008), p. 733, cf. pp. 748-749.
[8] Véase en Wolfhart Pannenberg, Fundamentos de Cristología, especialmente en las pp. 244-250 (y siguientes) una explicación más o menos convincente acerca de la idea de Jesús concebido como el hombre prototípico y como la plenitud suprema de lo humano en general.
[9] W. E. Best, Cristo No pudo ser Tentado, (Houston, Texas: WEBBMT, 1992), pp. 23-24. Contra este argumento que apela a la concepción milagrosa de Jesús para comprender la carencia de pecado en Él, véase W. Pannenberg, Fundamentos de Cristología, p. 449.
[10] José M. Martínez y Ernesto Trenchard, “El libro de Génesis” (Madird: C.E.F.B., 2014), p 91.

martes, 4 de septiembre de 2018

ΘΕΟΤΟΚΟΣ (THEOTÓKOS)



¿Es correcta la expresión: "María madre de Dios"?


     Esta es una pregunta a la que debemos, sin lugar a dudas, responder con un «Afirmativamente». Sí, es correcto, pero esto precisa de ser explicado con mucho cuidado para evitar malos entendidos y animosidades. María es la madre de Dios (o Theotókos, como se suele decir teológicamente, lit.: "La que dio a luz a Dios")[1], pero no por supuesto en el sentido de que sea antes que Dios o coeterna con el Padre, o superior al Hijo en cuanto a dignidad (y ni aun igual a Él), ni tampoco en el sentido de que haya sido la madre de la naturaleza divina del Hijo encarnado; sino en cuanto a que lo que de ella nació fue en verdad el Verbo Eterno de Dios hecho carne (y por tanto "madre de Dios" hecho hombre). No nació de María solamente un hombre, ni menos un hombre que luego asumió una naturaleza divina, sino que el mismo Verbo Eterno (o Palabra Eterna, el Lógos Eterno), que incorporó a su eterna naturaleza divina y desde la concepción una naturaleza verdaderamente humana, por unión de hypóstasis, sin dejar de ser,  al mismo respecto y al mismo tiempo, verdadero Dios (contra el kenosticismo). Y así permanecieron unidas ambas naturalezas, la humana y la divina, en una sola Persona (o hypóstasis): Jesús de Nazaret; inconfundibles e incambiables (contra el eutiquianismo), indivisibles e inseparables (contra el nestorianismo).
     Nótese que el apóstol Juan no dice que "la carne se hizo Verbo", como si hubiese sido primero la humanidad y más tarde la filiación divina (como propone el adopcionismo)[2]; tampoco dice, como bien observa Raymond Brown, "que la Palabra entrara en la carne o morase en la carne" (El Evangelio de Juan I - XII, 1999, p. 231), sino que: "el Verbo se hizo carne"[3] (Juan 1:14, cf. con la afirmación cristológica de Pablo en 1 Timoteo 3:16: "Él [Dios] fue manifestado en carne"), lo cual sólo puede significar una única cosa para efectos de nuestro presente tema: Si Jesús es el Verbo de Dios que se hizo carne, el Hijo del Dios Eterno que es Dios eterno (de la misma sustancia del Padre en cuanto a la Deidad), se sigue entonces que María fue la "madre de Dios" (o "la que dio a luz a Dios") en cuanto a su humanidad; no puede ser de otro modo, porque lo que ella dio a luz fue en verdad el Verbo de Dios hecho carne (la Persona del Hijo de Dios encarnada), y no nada más un hombre que más tarde se identificó místicamente con la Deidad.
     Esta ha sido una doctrina aceptada transversalmente por la Iglesia como verdadera señal de ortodoxia y dogma de fe desde antes de la Reforma Protestante por oriente y occidente (salvo unas pocas excepciones, como es el caso de la casi desaparecida iglesia persa). Así pues, acerca de la encarnación del Hijo, el Concilio de Éfeso del año 431, en su primera sesión adoptó y aprobó de Cirilo de Alejandría la siguiente declaración:

"...Porque no nació primeramente un hombre vulgar, de la santa virgen, y luego descendió sobre Él el Verbo; sino que, unido desde el seno materno, se dice que se sometió a nacimiento carnal, como quien hace suyo el nacimiento de la propia carne... De esta manera [los Santos Padres] no tuvieron inconveniente en llamar MADRE DE DIOS [Gr. Theotókos] a la santa virgen."[4]

     Más tarde, en la "Fórmula de unión" del año 433, en que se restableció la paz entre Cirilo de Alejandría y los padres antioquenos, se estableció de mutuo acuerdo que:

"Confesamos, consiguientemente, a nuestro Señor Jesucristo Hijo de Dios unigénito, Dios perfecto y hombre perfecto, de alma racional y cuerpo, antes de los siglos engendrado del Padre según la divinidad, y el mismo en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, nacido de María Virgen según la humanidad, el mismo consustancial con el Padre en cuanto a la divinidad y consustancial con nosotros según la humanidad. Porque se hizo la unión de dos naturalezas, por lo cual confesamos a un solo Señor y a un solo Cristo. Según la inteligencia de esta inconfundible unión, confesamos a la santa virgen por MADRE DE DIOS [Gr. Theotókos], por haberse encarnado y hecho hombre el Verbo de Dios y por haber unido consigo, desde la misma concepción, el templo que de ella tomó... "[5]

     Esta reafirmación del Theotókos, aparece nuevamente en el Credo de Calcedonia del año 451:

"Siguiendo, pues, a los santos Padres, todos a una voz enseñamos que ha de confesarse a uno solo y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo [...] engendrado del Padre antes de los siglos en cuanto a la divinidad, y el mismo, en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, engendrado de María virgen, MADRE DE DIOS [Gr. Theotókos], en cuanto a la humanidad;... "[6]
(Si bien en algunas traducciones evangélicas del Credo se ha omitido la palabra Theotókos, esto sólo ha sido para evitar confusión y otras doctrinas erradas que puedan surgir de esa verdad [como la mariolatría]; sin embargo, está bastante bien atestiguada la aparición de esa palabra en las copias antiguas del Credo).

     Para que no se me mal entienda, debe quedar muy en claro que todo esto que he dicho hasta aquí, no consiste de una apología a la veneración de María como "madre de Dios", o a un intento por exaltar su imagen; ni tampoco de una reivindicación de ciertas doctrinas marianas que no son bíblicas, ni representativas de las iglesias protestantes (como por ejemplo: la de la "Inmaculada Concepción", o la "Asunción de la Virgen", entre otras varias más). Debe entenderse que, en última instancia, lo que estoy tratando aquí o lo que está en juego en verdad es un asunto cristológico, y nada más que cristológico. El asunto mismo de la controversia teológica del siglo V, y que llevó a la condena de Nestorio en el Concilio de Éfeso, no era, como dice Justo González en su "Historia del Cristianismo", un asunto de carácter mariológico, sino cristológico. "Lo que estaba en juego no era quién era la Virgen María, o qué honores se le debían, sino quién era el que había nacido de María, y cómo debía hablarse de él" (González, 2008, p. 358). María es la "madre de Dios", porque Jesús es Dios desde la concepción misma. En definitiva, Theotókos NO es una doctrina sobre María, sino más  bien una doctrina acerca de Jesús.
     Y aunque es cierto que los reformadores del siglo XVI fueron más reticentes o cautelosos en el uso de este término (con excepción de Lutero), nunca negaron el contenido mismo del concepto implicado allí, ni invalidaron los Concilios de Éfeso y Calcedonia. De manera entonces que ante la repetida objeción de algunos cristianos modernos, de que esta doctrina es una doctrina católica y no evangélica, baste sólo decir que sí, es católica, pero no exclusivamente romana.



Mauricio A. Jiménez



[1] Theotókos, literalmente "la que alumbró a Dios".
[2] Para una contundente respuesta al adopcionismo, véase la excelente obra de Michael F. Bird:  "Jesús el Eterno Hijo de Dios: Una respuesta a la cristología adopcionista" (Salem. Oregon: Publicaciones Kerigma, 2018).
[3] Prefiérase aquí "se hizo carne" antes que "fue hecho carne", pues el verbo gínomai ("llegar a ser"), aquí en aoristo de indicativo de la tercera persona singular (egéneto) no corresponde a un verbo en la voz pasiva, sino que a un verbo en voz media.
[4] Tomado de Enrique Denzinger, El Magisterio de la Iglesia (Barcelona: Helder, 1955), p. 46.
[5] Ibíd, p. 54.
[6] Ibíd, p. 57.

sábado, 11 de agosto de 2018

“SANTIDAD PARA EL SEÑOR”


"Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor."
(Hebreos 12:14, RV60)



"La paz con todos, y la santidad" son dos aspectos igualmente importantes en el andar cristiano; son una fiel expresión del propio carácter y andar de Jesucristo, y por ende también una característica esencial del andar de todo verdadero creyente que ha nacido de nuevo (un principio rector de vida, que resulta de la implantación del principio de la nueva vida espiritual en Cristo). No puede ser de otro modo. Pero nótese también que la exhortación no es a seguir “la paz con todos o la santidad”, como si se nos diera la posibilidad de escoger entre una de las dos cuál hemos de seguir, sino más bien ambas cosas juntas —“la paz con todos, Y la santidad”. Sin embargo, más allá de esta relevancia mutua en la práctica de la identificación del creyente con el Cristo a quien sirve, quiero llamar su atención a la segunda parte del versículo, y desarrollar el presente tema a partir de allí:

"Y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor"

No está demás señalar que esta es una exhortación que no depende de algún contexto en particular ajeno al nuestro, para ver si acaso aplica a nuestra propia realidad; muy por el contrario, aún sigue vigente, y quien piense de otro modo está lejos de haber entendido a Jesús cuando dijo:

“Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8, RV60).

Cabe indicar que la base sobre la cual se sostiene este último concepto, es la misma sobre la cual descansa lo dicho por el salmista, cuando reproduce el diálogo entre los peregrinos que deseaban subir al monte de Dios en Jerusalén y entrar al lugar del Templo (o Tabernáculo de reunión) a adorar, y la persona encargada de la entrada[1]: “¿Quién subirá al Monte de YHVH [Yahvé]? ¿Y quién podrá estar en pie en su lugar santo?”, y enseguida se articula la respuesta necesaria a esas dos preguntas (que juntas conforman una sola gran pregunta): “El limpio de manos y puro de corazón; El que no ha elevado su alma a cosas vanas, Ni ha jurado con engaño” (Salmo 24:3-4, BTX3)[2]. De otro modo: Sólo el que es santo puede subir a adorar a Dios delante de la presencia santa de Dios mismo; pues que no puede, Aquel que es adorado por sus súbditos celestiales en la elevada corte del cielo en las palabras expresadas por el conocido superlativo “Santo, Santo, Santo” (véase Isaías 6:3), exigir menos que lo que le caracteriza.

     Quiero detenerme aquí por un momento, en la adoración descrita en Isaías 6:3, antes de continuar.
     Cuando pensamos en la Santidad de Dios, en la suprema y perfecta Santidad de Dios, muy a menudo se viene a nuestras mentes este conocido pasaje de la visión beatífica de Isaías en 6:3, en donde los Serafines de Dios, cubriendo con dos de sus alas sus rostros daban voces diciendo: "¡Santo, Santo, Santo, Yahvé de los ejércitos! ¡Toda la tierra está llena de su gloria!". Es un pasaje bíblico muy apropiado, si lo que se busca es desarrollar una exposición de la doctrina de la Santidad de Dios. Como versículo introductorio a esa temática, creo que no hay otro más pertinente que este, lleno de detalles altamente significativos. Nótese, por ejemplo, cómo es que los Serafines son descritos como cubriendo con sus alas sus rostros y sus pies (v. 2). La Santidad de Dios alcanza tal grado sumo, que incluso estos seres puros y santos exhiben un nivel de reverencia y asombro, propio de quienes están ante la mismísima presencia de la Gloria de Dios, y son plenamente conscientes de lo que ello significa.
     Pero hay algo que observar acerca de esta alabanza del versículo 3, y que es en donde me quiero detener:
     Es muy conocida la lectura que de inmediato algunos expositores infieren de esa exclamación celestial, diciendo: "¡Dios es tres veces Santo!". ¿Lo ha escuchado, verdad? El problema con esa afirmación, es que ¡no es bíblica! ¡Dios no es "tres veces Santo"!, no si con ello sólo se quiere expresar una cantidad numérica; ni tampoco es un Dios "¡muy Santo!" (como cuando se decía de aquel lugar del tabernáculo, llamado "santísimo"), aunque ciertamente Él es "muy Santo". El Dios en quien yo creo y a quien adoro, el Dios en quien seguramente usted cree y adora como cristiano; el Dios de Israel a quien Isaías ve y que sus ministros de luz exaltan en toda majestad, es ¡infinita y absolutamente Santo!
     Es tan inmensa y perfecta su santidad, que al no existir una palabra en el hebreo para expresar en toda su fuerza esta idea, se recurrió a una forma ya conocida a la hora de quererse enfatizar o elevar la categoría de una afirmación: la repetición. La conocida frase con la que Jesús solía comenzar algunas de sus enseñanzas "de cierto, de cierto os digo" es un buen ejemplo de este método usado también por los rabinos de la época de Cristo, pero véanse también en Jeremías 7:4 y posiblemente también en Jeremías 22:29 el uso de la triple repetición para enfatizar, destacar o dar intensidad a lo que se estaba allí diciendo.[3] Ahora bien, esta triple repetición de Isaías (y que no vuelve a ocurrir en ningún otro lugar en la Biblia, salvo en Apocalipsis 4:8, en donde leemos una cosa similar, y en donde al parecer es Jesús el aludido) significa un grado superlativo absoluto, queriendo decirse con ello que Dios en verdad es perfecta y totalmente Santo. No es una afirmación cuantitativa de Santidad, es una afirmación cualitativa, que expresa el perfecto y completo sentido de lo que se quiere enfatizar.
     Este es, pues, el Dios a quien adoramos; este el Santo a quien sin santidad nadie le verá; esta la razón por la que el profeta exclamó en el acto, diciendo: «¡Ay de mí, que estoy perdido! Soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios blasfemos, ¡y no obstante mis ojos han visto al Rey, al Señor Todopoderoso!» (Isaías 6:5, NVI 1999).
     El Dios de Israel, el Dios que hizo pacto con Abraham y nos prometió un Salvador, una simiente en la que serían bendecidas todas las familias de la Tierra, es un Dios ciertamente Santo; perfecta, infinita y absolutamente Santo.

     Esa es entonces la razón por la cual sólo los de corazón limpio podrán ver a Dios. ¡Qué dignidad más grande que esta! ¡Cuánta excelencia exigida a aquellos que han de ver a Dios! Recuérdese también lo que leímos hace unos momentos, en el Salmo 24, y cuáles son las cualidades morales necesarias para estar en el lugar santo y adorar a Dios (véase la nota 2, para una explicación de las mismas). Como dice el Dr. Pagán, la pregunta que reproduce el salmista es "teológicamente básica e impostergable: ¿Quién puede subir al monte y entrar al Templo? ¿Quién está capacitado para entablar un diálogo serio y una conversación sincera con Dios?"[4] Y dada la naturaleza de la respuesta ofrecida, la implicación obvia es que sólo el que es a la verdad santo en toda su manera de vivir esto es, apartado de todo lo que desagrada a Dios, puede adorar a Dios sin los obstáculos del pecado y la mundanalidad que caracteriza a los que aborrecen a Dios, de manera que su adoración y su súplica sean atendidas por Aquel que no presta sus oídos al impío (Juan 9:31 cf. Proverbios 15:29; Job 35:13; Salmo 145:18-19), ni mira con agrado a los soberbios (Salmo 138:6). Él recibirá la bendición de Yahvé, y la justicia del Dios de su salvación (Salmo 24:5). La pregunta que, llegados a este punto, debemos hacernos todos, es si acaso somos nosotros así de santos. La respuesta es categórica: ¡NO! No, al menos por nosotros mismos.
     A este respecto, nuestro gozo presente está en que Cristo, por su sangre, nos abrió paso para entrar en el Lugar Santísimo, por el camino nuevo y vivo que Él nos abrió a través del velo de su carne (Hebreos 10:19-20). En Cristo, y sólo por Cristo, podemos ahora acercarnos a Dios, como dice Hebreos 10:22: “con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura”. ¡Él es el Rey de la Gloria que puede, y tiene el derecho supremo de entrar a su lugar santo (cf. Salmo 24:7 y ss.)! Y nosotros podemos ahora entrar ante la presencia del Santo, porque Cristo nos ha hecho posible la entrada. Como dijo el apóstol Pablo, "ya hemos sido lavados, ya hemos sido santificados, ya hemos sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios" (1Corintios 6:11, RV60). Estamos en Cristo, y somos santos en Él.
     Pero, ¿qué queda para el cristiano que ha sido así colocado en Cristo? Seguir la santidad, sin la cual nadie verá al Señor —aquí en el tiempo presente; voz activa y modo imperativo (“estén siguiendo”)—, implica más que simplemente estar en una condición pasiva, es más bien una exhortación a perseguir la santidad (y la paz con todos), esto es, a llevar una vida de santidad práctica. En este mismo sentido, leemos que la santidad es la voluntad de Dios para nuestras vidas; es a lo que hemos sido llamados (1 Tesalonicenses 4:3, 7)[5], como también se dice en otro lugar, “con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 1:2, RV60). Es el propósito para el cual fuimos escogidos desde antes de la fundación del mundo, como dice Pablo: “para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él” (Efesios 1:4, RV60).
     La santidad del creyente, según se puede ver claramente en la cita anterior, es un propósito divino que descansa en la prerrogativa de Dios de apartar a un pueblo para sí, de manera que el bien obrar pasa a ser “una forma visible de manifestar la santidad del llamamiento celestial a que los cristianos son llamados, propia de quienes Dios eligió desde la eternidad.”[6]
     La santidad es la exhortación de Pedro a la Iglesia —“sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1:15-16, RV60)—, y es el mandato imperativo del Señor casi al final de Apocalipsis —“el que es santo siga santificándose” (22:11, NVI 1999). Simplemente no hay excusa para una vida sin santidad; nada en las Escrituras que nos permita disfrutar de nuestra libertad cristiana desde una definición antinomiana de la misma. Nuestra vocación divina debe, necesariamente, caracterizarse por un constante y perseverante deseo de santidad; si no, no hemos conocido a Dios.
     Desde luego, aquí no se está hablando de la santificación en su aspecto inmediato, i.e. de ese estado de la gracia que acompaña a la regeneración y a la justificación en el tiempo de la conversión (en este último sentido todos somos santos. Véase 1 Corintios 6:11; Hebreos 10:10, 14, 19-21; 1 Pedro 2:9), sino más bien a la santidad en cuanto a práctica de la vida cristiana; a la santidad definida en su vinculación al atributo divino de ser Santo, esto es, apartado de toda inmundicia y maldad. En otras palabras, de lo que se está hablando es de la santificación como un trayecto de vida y crecimiento progresivo en la gracia de Dios, que reproduce el carácter de Cristo y la santa piedad (devoción) característica de su peregrinar el tiempo de su ministerio en la tierra.
     "La santidad, sin la cual ninguno verá al Señor", dice F. F. Bruce, “no es, como las mismas palabras lo dejan en claro, una opción extra en la vida cristiana, sino algo que pertenece a su esencia. Es el puro de corazón, y ningún otro, el que verá a Dios (Mt. 5:8). [...] Aquellos que son llamados a compartir la santidad de Dios deben ser santos ellos mismos; este es el tema recurrente de la ley de santidad del Pentateuco, que tiene su eco otra vez en el Nuevo Testamento: "Seréis, pues, santos, porque yo soy santo" (Lv. 11:45, etc.: cf. 1 P. 1:15s.). Ver al Señor es la bendición más alta y más gloriosa que los mortales pueden disfrutar, pero la visión beatífica está reservada para aquellos que son santos en su corazón y en su vida.”[7]
     No hay otra opción aparte de ser santos en toda nuestra manera de vivir; ninguna otra alternativa de vida a la que el cristiano se pueda apuntar. Este llamado imperativo no radica en el simple hecho de haber sido escogidos por Dios, sino en el hecho de que quien nos escogió es Santo, de manera que los suyos han de avanzar en el peregrinaje de la vida como teniendo esta señal sobre sus cabezas: "SANTIDAD PARA YHVH" (o PARA EL SEÑOR), no por supuesto en la forma de una lámina de oro dispuesta sobre la frente (como fue instruido para el ministerio de Aarón, cf. Éxodo 28:36. Ver imagen más abajo), sino en el hábito firme y constante de pensar y reflexionar, teniendo a Dios en cuenta todo el tiempo de este peregrinar en la fe.

     Este es, pues, nuestro desafío diario; esta la demanda divina a los que han sido apartados para ser “luz del mundo” y “sal de la tierra”. Pero Dios, quien nos exhorta en la plenitud de su autoridad a esta manera de vida, no nos ha abandonado; ni puesto sobre nuestros lomos una carga que no podemos llevar, pues nos ha dotado de la gracia para ello, y derramado de su Espíritu en nosotros, de manera que podamos obedecerle con gozo y gratitud; siempre confiados y convencidos de que, como dijo el apóstol Pablo, el que comenzó en nosotros la buena obra, la seguirá perfeccionando hasta el día de Jesucristo (Filipenses 1:6).

   Que Dios nos ayude...


Mauricio A. Jiménez



NOTAS:


[1] Samuel Pagán, De Lo Profundo, Señor, a Ti Clamo: Introducción y comentario al libro de los Salmos (Miami, Fl: Editorial Patmos, 2007), p. 213.
[2] "La expresión «limpio de manos», que aparece únicamente aquí en el Antiguo Testamento, identifica a la persona de conducta intachable y carácter íntegro; alude a quienes actúan en la vida fundamentados en la justicia y no desobedecen los mandamientos de Dios (Dt 26.13); y representa a las personas obedientes y fieles a la voluntad del Señor. La frase «puro de corazón» indica que la persona íntegra no solo actúa bien, sino que su vida está fundamentada en los principios correctos, que en lo más íntimo de su ser se anidan los valores que guían sus decisiones.
   «No elevar su alma a cosas vanas» es, posiblemente, una frase hebrea idiomática que indica la actitud correcta en la adoración, es una manera de rechazo firme a la idolatría. Tanto en los salmos como en la literatura profética a los ídolos paganos se les llama «vanos» o «vacíos» (Sal 31.6; Je 18.15; Jon 2.8). Y «jurar con engaño» puede identificar tanto a la persona que hace falsas declaraciones en contraposición a los mandamientos de la Ley (Ex 20.16), como a los que basan sus juramentos en ídolos o dioses paganos." —Samuel Pagán, Ibíd.
[3] "No confiéis en palabras engañosas diciendo: "¡Templo de Yahvé, Templo de Yahvé, Templo de Yahvé es éste!" (Jeremías 7:4, BJ); "¡Tierra, tierra, tierra!, oye la palabra de Yahvé" (Jeremías 22:29, BJ), cf. Jeremías 23:30-32.
[4] Samuel Pagán, De Lo Profundo, Señor, a Ti Clamo, Ibíd.
[5] "pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; [...] Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación." (vv. 3, 7, RV60).
[6] Samuel Pérez millos, Comentario Exegético al Texto Griego del Nuevo Testamento. Efesios (Barcelona: CLIE, 2010), pp. 156-157.
[7] F. F. Bruce, La Epístola a los Hebreos (Grand Rapids, Michigan: Libros Desafío, 2013), pp. 367-368.