Un espacio para la reflexión filosófica y teológica

viernes, 16 de octubre de 2015

ACERCA DEL LIBRE ALBEDRÍO Y LA LIBERTAD DE LA VOLUNTAD




Por
Mauricio A. Jiménez



    Si tener libertad de elección significa la facultad para escoger cualquier cosa según sea la propia voluntad, entonces esa libertad de elección no es libre en un sentido absoluto (autónoma), sino que depende de cuál sea la inclinación de esa voluntad en el momento de realizarse la elección. En otras palabras, nuestras elecciones no son meras proyecciones aleatorias sin una guía que las gobierne o dirija, sino que son la expresión y la realización de una voluntad antecedente. ¿Por qué escogemos (o elegimos) lo que escogemos? ¿Qué es lo que hace que nuestras elecciones tengan la dirección que tienen, o que bajo ciertas circunstancias escojamos en un determinado sentido?
     Absolutamente todas las elecciones que un individuo toma durante su vida están determinadas por alguna causa que inclina o dirige su voluntad hacia alguna opción por sobre otra, a esto llamamos: “autodeterminación”. Incluso en las elecciones más triviales, como comprar un helado de fresa o de chirimoya, nuestra decisión será el resultado de una motivación o deseo previo (¿por qué escogiste el de fresa y no el de chirimoya, por ejemplo?). Este es un hecho para lo cual ni siquiera debiéramos argumentar demasiado, pues es evidente que nunca estamos en un estado de completa neutralidad a la hora de realizar una elección. Las opciones siempre están delante de nosotros, no obstante la decisión que tomemos, la elección que hagamos, necesariamente será el resultado de una causa que dirige a la voluntad y a la determinación. El hecho es que siempre escogemos según es el deseo más intenso en el momento, eso es algo que todos sabemos y experimentamos a diario. En las palabras del profesor John H. Gerstner: “escoger es inclinarse, es preferirlo, y si yo en realidad escojo; me inclino o prefiero cierto curso de acción, es positivamente porque las razones de este curso de acción me parecen más poderosas que otras razones en otro curso de acción que me pueda aparecer.”[1]
     Incluso si fuéramos forzados a una elección, nuestra decisión será el resultado de una preferencia. Por ejemplo, si alguien le apuntara a usted con un arma para hacer lo que no desea, digamos entregar todo su dinero a cambio de no morir asesinado, aun tiene la opción de escoger entre entregar o no su dinero, todavía puede elegir entre vivir y no vivir. Desea vivir, por tanto entrega su dinero. Quizás no le resultará fácil comprenderlo en el momento, pero no puede negar que su deseo más intenso en ese momento, bajo esas circunstancias tan particulares, era seguir viviendo. Ese era su deseo más intenso, o “más poderoso” si se prefiere otro término con igual significado.
     El profesor Gerstner ilustró esta idea de una manera muy similar:

«… suponga que el autor de este libreto está en este momento parado delante de usted con una pistola en su mano y su cañón apuntándole, diciéndole: "Lea este escrito mío o va a ver". Suponga ahora que bajo esas condiciones usted procede a la lectura. Usted puede estar tentado a creer que está siendo forzado en una situación como esa. Ahora, para estar seguro, usted tiene un delicado instrumento de persuasión apuntándole, pero ese cañón no le fuerza realmente a usted a escoger leer lo que está escrito. Usted escoge leer lo que yo he escrito porque le parece bien hacerlo así. Ahora, admitámoslo, la razón de que le parezca bien a usted hacerlo así, bajo estas circunstancias, es que ello le parece preferible en vez de tener sus sesos derramados sobre el escritorio. Pero, si por alguna extraña razón le pareciera mejor tener su cerebro desparramado en el escritorio en lugar de leer este libro en particular, usted no leería este libro. Así que la razón por la que usted está leyendo este escrito particular, bajo estas circunstancias, es que usted prefiere leerlo que dejar la existencia de este mundo en esta forma particular y en este momento en especial. […] no somos realmente forzados a escoger aun cuando una pistola nos apunte a la cabeza. Está todavía dentro de nuestro poder de escoger el dejar que la pistola dispare. No hay poder en este mundo capaz de realmente forzar nuestro deseo. Puede forzar nuestro cuerpo. Una persona puede atarnos, inmovilizarnos y llevarnos a donde no escogemos ir. Puede quitarnos la vida aun contra nuestra voluntad. Los poderes de este mundo pueden hacer virtualmente todo lo que quieren, pero esta única área es invulnerable e inconquistable ante cualquiera o cualquier cosa, digamos, la soberanía de nuestro propio deseo.»[2] [Énfasis añadido]   

     No es un tema a discutir si acaso los hombres tomamos decisiones libres, tampoco si acaso esas decisiones son voluntarias. En palabras del teólogo Anthony Hoekema:

la capacidad de elegir (o la capacidad para escoger) […] es un aspecto inseparable de la naturaleza humana normal.  […] la capacidad para elegir se presupone en el hecho de que el ser humano es una «persona creada». […] la capacidad de elegir es un aspecto de la imagen de Dios en su sentido más amplio o estructural. Entender que los seres humanos tienen esta capacidad para elegir y que conservan dicha capacidad incluso después de la caída, es, por tanto, un énfasis esencial en la doctrina cristiana del hombre. […] Dios no trata con los seres humanos como si fueran un «palo» o una «piedra»; trata con el ser humano como una persona que debe responderle, y al que se le pide cuentas por la naturaleza de su respuesta.
     “Desde la perspectiva cristiana, el ser humano es y sigue siendo, como lo plantea Leonard Verduin, «una criatura de opciones, alguien que se encuentra constantemente ante alternativas entre las cuales elige, diciendo sí a una y no la otra».”[3] 

     Pero la voluntad humana nunca es libre, i.e. no es autónoma ni libertaria. La voluntad humana no existe ni opera extraña e independientemente de nosotros mismos. Los deseos y las intenciones son una expresión de nuestra naturaleza, de lo que somos como agentes morales, tanto en nuestra condición caída como en cualquier otra faceta humana en donde exista la participación de alguna volición. Tampoco nuestras voluntades se encuentran en estado de completa neutralidad, pues de lo contrario jamás escogeríamos nada en lo absoluto. Debemos entender estos principios, pues, como dije antes, todas las elecciones que un individuo toma durante su vida están determinadas por alguna causa que inclina o dirige su voluntad hacia alguna opción por sobre otra, y esa causa que gobierna a la voluntad se halla en la propia naturaleza humana. Los tres ejemplos anteriores servirán como argumento para esta premisa, por lo que no estimo necesario volver a ese punto.
     Ahora bien, cuando tratamos con el no tan sencillo asunto del libre albedrío y de la “libertad de la voluntad” en el contexto de la antropología bíblica y la soteriología, una cuestión que debemos saber responder, es: ¿poseen los hombres una voluntad libre para desear o anhelar cualquier cosa, en cualquier dirección y sentido? O más importante aún para efecto de nuestro estudio: ¿cómo están determinadas las elecciones que el hombre toma en el ámbito moral y espiritual?
     Antes de responder a esas preguntas, quiero señalar que el problema con el libre albedrío no es si somos libres para hacer lo que queramos, sino qué es lo que queremos hacer.
     ¿Quiere el hombre natural buscar a Dios? ¿Desea conocerle o incluso amarle de todo su corazón, mente y alma? La pregunta más importante es: ¿Tiene el hombre caído la potencia para anhelar esa comunión, y la libre determinación para llevarlo a cabo? La respuesta desde la propia Escritura es una absoluta negación (Gn. 6:5; 8:21 cf. Ro. 3:11-12; 8:5-8). El hombre caído ha perdido toda capacidad de anhelar por sí mismo la comunión con Dios y todo interés de conocerle en los propios términos de Dios.
     Tras la caída, no hay lugar en el hombre que no haya quedado afectado y corrompido, de modo que sus elecciones, aunque aparentemente libres, sólo son la expresión de una voluntad ahora cautiva y esclava del pecado. En este sentido, podemos afirma que el hombre perdió la verdadera libertad, i.e. su capacidad de agradar a Dios y actuar en obediencia a Él. Esta noción respecto de las consecuencias intensivas o profundas de la caída no es una idea sostenida únicamente por los calvinistas reformados, pues incluso el propio Jacobo Arminio entendió estos efectos de igual manera: “En este estado el libre albedrío del hombre hacia el verdadero bien no solo está herido, tullido, enfermo, deformado y debilitado, sino también encarcelado, destruido, y perdido. Y, hasta que llega la asistencia de la Gracia, sus poderes no solo están debilitados e inútiles, sino que no existen excepto cuando los estimula la Gracia divina: Puesto que Cristo ha dicho: «Separados de mí, nada podéis hacer».”[4]
     Entonces, no es que el hombre no tenga libertad para escoger lo que ha de hacer, sino que no es verdaderamente libre para desear hacer otra cosa distinta a lo que por naturaleza es. Nuestra voluntad es dirigida por lo que somos, y si el apelativo de “seres radicalmente corruptos” describe lo que somos luego de la caída, entonces no se puede esperar que nuestras voluntades tengan la misma disposición e inclinación hacia el bien que hacia el mal. “El hecho de que los seres humanos hayan perdido la verdadera libertad”, comenta Hoekema, “no significa que hayan perdido la capacidad de elegir. Ahora pecan en forma voluntaria; eligen hacerlo. Siguen eligiendo, pero en forma equivocada Ahora son esclavos del pecado.”[5]
     Todos los hombres son esclavos del pecado y de concupiscencia, en otras palabras: son esclavos de corrupción y de sus deseos y/o apetitos pecaminosos. Por cuanto su naturaleza es pecaminosa, las intenciones de su corazón son de continuo solamente el mal, no busca a Dios, no entiende lo que es del Espíritu de Dios y tampoco puede someterse a la ley de Dios.
      En lo que se refiere a la naturaleza espiritual del hombre, esta no es moralmente neutra, sino positivamente pecaminosa, a la vez que privada de toda justicia original. Todas las áreas de su ser (mente, espíritu, voluntad y corazón) están afectadas por el pecado original, en consecuencia sólo es realmente libre para escoger cómo va a pecar, pero no es verdaderamente libre para nunca hacerlo. Jesús mismo refutó la pretendida idea de libertad que tenían los judíos cuando les dijo: “todo aquel que hace pecado ESCLAVO es del pecado […] si el Hijo les libertare serán verdaderamente libres” (Juan 8:34,36). Pablo define la condición anterior de los creyentes, antes de haber sido regenerados, del siguiente modo: “Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, ESCLAVOS de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros” (Tito 3:3, cf. Ro. 6:17). La fuerza de sólo estos dos pasajes aniquila esa inadmisible idea de absoluta libertad que algunos han pretendido defender. Por lo demás, la libertad que Cristo nos promete sólo tiene sentido si consideramos al hombre natural como un verdadero esclavo de Satanás, de la muerte, de la ley y del pecado.
      Cuando el apóstol Pablo afirma que: “no hay justo, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios […] No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Ro 3:10-12), o cuando dice que: “La mentalidad pecaminosa es enemiga de Dios, pues no se somete a la ley de Dios, ni es capaz de hacerlo. Los que viven según la naturaleza pecaminosa no pueden agradar a Dios” (NVI, Ro. 8:7-8), no está simplemente exagerando como para enfatizar una idea, ni tampoco tiene a algunas cuantas personas en mente (véase Ro. 3:9, 23). Pablo en realidad está completamente convencido de que el hombre no regenerado (judío y gentil) está absoluta y radicalmente corrupto, de modo tal que no es verdaderamente capaz de realizar ningún bien espiritual, no es en lo absoluto libre para buscar a Dios y agradarle. Misma idea se expresa en Romanos 1:21-22 respecto de la humanidad pasada: “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios”. A los de la iglesia de Éfeso Pablo les exhorta diciendo: “Esto, pues, digo y requiero en el Señor: que ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón”.
     A esta condición humana se la ha conocido comúnmente con el nombre de "depravación total". Es una doctrina bíblica, como hemos visto, pero lamentablemente ha sido mal interpretada por algunos cristianos y convertida en una caricatura que no define lo que realmente quiere significar[6]. Esta doctrina, negativamente hablando, no quiere decir que no puede el hombre realizar actos de “genuina bondad” (cf. Mt. 7:11), de hecho vemos a hombres diariamente haciendo cosas moralmente correctas a los ojos de la sociedad. Tampoco significa que ha quedado impedido de tomar decisiones libres y moralmente responsables. No quiere tampoco decir que no pueda tener conciencia acerca de Dios; ni que todo el tiempo y a cada momento va a estar pecando, que hará todo lo malo que pueda hacer o que cometerá toda forma y tipo de maldad mientras viva. Positivamente, lo que se significa con esta doctrina es que: 1º, la corrupción se extiende a cada faceta de la naturaleza del hombre y a todas sus facultades espirituales (es "total" o "radical"); y 2º, que el hombre natural es incapaz de realizar algún bien espiritual que acompañe a la salvación o le signifique el favor de Dios, es incapaz de vivir en total y perfecta obediencia a Dios. Todos sus actos de bondad no glorifican a Dios porque no proceden de la fe, ni como para Dios; esto explica la máxima de que “no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Ro. 3:12 cf. Ecl. 7:20).
     Esta incapacidad humana de buscar a Dios o de responder al evangelio sin el auxilio de la gracia, no tiene que ver entonces con una inhabilidad inmanente de la naturaleza humana (o relativa a su constitución), sino con una perversión de la misma. De manera entonces que el hombre natural no sólo no tiene el interés ni la intención de creer en Dios para perdón de sus pecados, tampoco es capaz de percibir la revelación especial de Dios, porque le es locura y no posee la espiritualidad que aquello demanda para su comprensión (1 Co. 2:14).
      Una vez alguien me replicó a todo esto, diciendo: “decir que por naturaleza el hombre jamás podría elegir a Dios ¿no implicaría que por naturaleza el hombre puro (Adán) tampoco podría haber elegido jamás pecar?”
      Pero esta objeción, aunque parece tener mucho sentido, esconde una falacia interesante. Si por “hombre puro” se quiere decir: “hombre impecable”, entonces es lógicamente aceptable que Adán y Eva jamás habrían escogido pecar; no obstante, ni Adán ni Eva eran “impecables” (Jesús, y sólo Jesús, fue impecable). Ahora bien, si por “hombre puro” sólo se quiere decir: “hombre no esclavo del pecado”, entonces es lógicamente posible que jamás hubieran pecado, aunque era igualmente posible que lo hicieran (de hecho lo hicieron). Lo explico de otro modo para que se entienda aún mejor:
      Antes de la caída, el hombre tenía la misma capacidad para pecar y para no pecar. Adán y Eva tenían la posibilidad de obedecer o no obedecer a Dios. Podían no pecar (“posse non peccare”, diría Agustín de Hipona), pero en el momento de la prueba su deseo más intenso se vio inclinado a la desobediencia la voluntad para desobedecer fue más poderosa que su determinación de no hacerlo, dado que el elemento de la tentación (ser como Dios) pareció más agradable o codiciable que el abstenerse de pecar. Luego de la caída, el hombre sigue siendo capaz de pecar, pero ahora es incapaz de no hacerlo (“non posse non peccare”). La voluntad del hombre luego de la caída ha quedado esclavizada a los deseos pecaminosos, y por tanto el dejar de pecar no es una opción real para él, en tanto no sea su corazón recalcitrante transformado en uno nuevo, por el poder y la obra del Espíritu de Dios. Ahora bien, el hombre que ha sido regenerado, es capaz de pecar y capaz de no pecar (libertad similar a la de Adán y Eva). Para eso vino Cristo, para darnos libertad, de manera que ahora podamos obedecer a Dios, libres de las ataduras del pecado. En el estado eterno (cuando seamos glorificados) seremos absolutamente capaces de no pecar e incapaces de hacerlo (“non posee peccare”). Sólo en ese estado podremos decir con absoluta certeza: el pecado ya no es una “opción” para nosotros, ahora somos absolutamente libres de la potencialidad del pecado.
      Hay, pues, una diferencia entre “capacidad volitiva” y “libertad volitiva”, y esto debe servir como resumen para lo que se ha dicho hasta ahora: Todos los hombres tienen capacidad volitiva, esto es, capacidad de desear alguna cosa, pero no la libertad para desear cualquier cosa en todas las direcciones y sentidos. De otro modo: todos los hombres son libres para escoger cualquier cosa según sea la propia voluntad, pero no poseen una voluntad verdaderamente libre para desear cualquier cosa. Por otra parte, la verdadera libertad sólo es posible en Cristo, y aun así los creyentes no gozamos todavía plenamente de ella sino hasta cuando seamos glorificados; sólo entonces seremos, finalmente, totalmente libres y adoraremos a Dios en perfecta libertad.

NOTAS:


[1] John H. Gerstner, Una Introducción a la Predestinación, [en línea] [Consulta: 15 Noviembre de 2015]. Disponible en la Web: 
http://thirdmill.org/files/spanish/67476~6_14_01_1-49-23_PM~Predestination.html.
[2] Ibíd.
[3] Anthony A. Hoekema, Creados a imagen de Dios (Grand Rapids, Michigan: Libros Desafío, 2005), p. 295.
[4] Disputation 11, «On the Free Will of Man and its Powers», en The Works of James Arminius, London ed., traducida por James Nichols y William Nichols, 3 vols. (London: Longerman, Hurts, Rees, Orme, Brown & Green, 1825-75; repr., Grand Rapids: Baker, 1996), 2:192. La porción citada corresponde a la exposición de Stephen M. Ashby para el punto de vista arminiano reformado del libro “La seguridad de la salvación. Cuatro puntos de vista”, editado por J. Mathew Pinson (Barcelona: CLIE, 2006), p. 149.
[5] Ibíd., p. 300.
[6] Por ejemplo, David Hunt escribió: “Tome una comprensión humana de ´muerto`, mézclela con la comprensión inmadura de la Palabra de Dios por parte del joven Juan Calvino, contaminada con filosofía agustiniana, agítelo todo y obtendrá la teoría de la Depravación Total”. What Love is this? Calvinism´s misrepresentation of God (¿Qué amor es ese? Calvinismo: Una falsa representación de Dios), p. 119.