Un espacio para la reflexión filosófica y teológica

sábado, 23 de septiembre de 2017

¿HAY ALGÚN PROBLEMA CON QUE DIOS SEA JUSTO Y SALVADOR AL MISMO TIEMPO?

Mauricio A. Jiménez


      Hace unos días en una conferencia en Temuco, uno de los expositores (el conocido pastor dominicano Sugel Michelen), citó ese conocido texto de Isaías 45:21, en donde leemos:

“Y no hay más Dios que yo; Dios Justo y Salvador; ningún otro fuera de mí.”

      "Nuestro Dios es Justo y Salvador", dijo el pastor Sugel, y añadió en seguida lo siguiente: "¿Ustedes no ven ningún problema en ese texto? Porque hay un problema en ese texto. ¿Cómo puede ser Dios Justo y Salvador al mismo tiempo? O es Justo y nos condena; o es amoroso y nos salva; pero ¿cómo se puede ser justo y salvador a la vez? … Mis hermanos, ¿cómo resolvemos ese problema?"
      Yo quedé muy pensativo y desconcertado apenas dijo todo ello. Podía en ese momento entender que esas palabras estaban en el contexto de su exposición sobre el evangelio y la doctrina de la justificación (y yo he escrito un libro extenso sobre ese tema, así que podía comprenderlo a él), pero no me era posible asimilar el uso que hizo de este pasaje de Isaías. ¡¿Y qué tiene que ver aquí Isaías 45:21 con este asunto de la justificación?! Fue mi exclamación interna.
      La pregunta de fondo que aparentemente tenía Sugel en mente, era: ¿Cómo puede Dios ser Justo y Salvador al mismo tiempo, tomando en cuenta que el hombre es un pecador que no merece salvación, sino precisamente que Dios le juzgue y condene, como el Juez Justo que es? Obviamente, el pastor Sugel estaba pensando en la "justicia retributiva" de Dios, lo que podríamos también denominar "justicia punitiva". Si Dios es Justo (lo dice el versículo), se sigue entonces que debe castigar al pecador. Como ya he dicho en mi libro: “la conciencia humana estará de acuerdo con la idea de que un Juez Justo es el que condena al malvado, y que condenar al malvado es una cosa justa. Porque, ¿qué otra cosa sino castigar al malvado es lo que corresponde hacer? ¡Es lo justo, es lo que corresponde!”
      En mi libro hablo también sobre este aspecto de la justicia de Dios; allí explico que en las Escrituras hay ese sentido en el que podemos hablar de Dios como un Juez que juzga las acciones de los impíos, por la sencilla razón de que Él es un Dios Justo, y se espera que, como tal —como Juez que es—, juzgue la maldad y condene al malvado. Dice, pues, el salmista: "Dios es juez justo, y Dios está airado contra el impío todos los días" (Sal 7:11). “… Es un Dios que sentencia cada día”, traduce la BTX3 en la última oración. Esto se hace evidentemente claro también en Pablo, cuando alude al justo juicio de Dios, al escatológico evento del juicio final, en el que Él pagará a cada hombre de este mundo conforme hayan sido sus obras (Ro 2: 5, ss.).
      Ahora bien, ¿es de esta justicia de la que hablaba Isaías cuando transcribió las palabras de Dios, cuando dijo que Él es “Dios Justo (y Salvador)”? Definitivamente no.
      Él Sugel vio un problema en ese texto, porque de inmediato entendió que Isaías se estaba refiriendo al atributo de Dios de ser Justo en un sentido judicial y retributivo (la justicia en virtud de la cual Dios es Justo en sí mismo). Asumió que aquí «ser Justo» significaba aquella facultad en virtud de la cual Dios juzga las acciones justamente, como el Juez Justo que es. De ahí entonces que él pregunta desconcertado: ¿cómo puede Dios ser Justo y Salvador al mismo tiempo?
      Pero Isaías no estaba hablando de eso. No estaba utilizando el adjetivo «Justo» significando aquello que el pastor Sugel entendió. Y es que es costumbre, incluso entre los predicadores más experimentados como este, leer conceptos en la Biblia y entenderlos desde una óptica diferente a la propia del autor; a menudo influenciada por las propias ideas con las que uno va al texto bíblico, o sin entender el uso de las terminologías dentro de ciertos contextos semánticos.
      Pero el uso que hace Isaías del término «Justo» (lo mismo que hace con «Justicia» en su aparición a lo largo de los capítulos 40-66), no tiene aquí el sentido de rectitud retributiva; tampoco el de “ser equitativo” o “ser una persona ética o moralmente recta”, ni menos un sentido forense (como cuando se dice del que ha obedecido a Dios y cumplido sus mandamientos), todos diferentes usos del término en otros contextos y lugares de la Biblia. Más bien es un adjetivo que alude a la fidelidad pactual de Dios. La idea aquí, en este versículo (y en el contexto de este capítulo), no es que Dios es Justo y también Salvador, sino más bien la de que “Dios es Justo y, por consiguiente, Salvador”. De otro modo: Dios es Salvador por cuanto es Justo, significando con ello que es Misericordioso y Fiel a su pacto. «Su justicia» —ahora como sustantivo— se interpreta entonces por su actividad redentora, en el sentido de que va en liberación de su pueblo o sus siervos cada vez que sufren a causa de sus enemigos. Es el Dios de la alianza —o “el pacto”— que, fiel a sus promesas y al pacto, rescata a su pueblo y trae salvación. Es, en otras palabras, el Justo Dios de la gracia y la misericordia; como también se dice de Él en otro lugar: “Justo es Yahvé en todos sus caminos, Y misericordioso en todas sus obras” (Sal 145:17, cf. Sal 36:5-6; 103:17). Y lo es no únicamente porque rescata a su pueblo, sino también porque lo preserva aun a pesar de sus pecados y del juicio que Él ha hecho caer sobre ellos (ver, p. ej., Lm 3:22-23).
      Por supuesto que el contexto del capítulo 45 respalda toda esta significación. Dios había anunciado la restauración nacional de Israel (cap. 40-44) y presagiado el levantamiento de Ciro de Persia (41:2, 25), a quien llamó “mi pastor” (44:28) y “ungido” (45:1), para que por medio de él se cumpliera su promesa de restaurar, por amor a su pueblo (45:4), a la nación de Jacob, tras haber sido arrasada por los babilonios (y antes por los asirios en el norte). En un contexto como este, Dios mismo actúa como garante de que cumplirá lo anunciado, porque Él es “Dios Justo y Salvador”, es un Dios fiel a su palabra; un Dios que no ha olvidado al pueblo de su heredad, ni desechado a los objetos de su pacto (41:8-10), sino que hará aquello que se ha propuesto (46:10, ss.); no fallará, sino que, por medio de su siervo Ciro, hará reconstruir su ciudad desde las ruinas (la Jerusalén destruida por los babilonios) y pondrá en libertad a los desterrados de Judá (45:13, 44:26-28). Es “Dios Justo y Salvador”, porque hará lo que ha prometido por amor a su pueblo; salvará a Israel con salvación eterna (45:17) y vindicará a su descendencia para que toda ella se gloríe en Él (45:25, cf. 46:13).
      Ante un escenario como este, ¿debemos ver entonces algún problema en que Dios sea Justo y Salvador al mismo tiempo? ¡De ninguna manera! Por el contrario, su salvación es una cosa cierta precisamente por el hecho de que Dios es «justo»; significándose con eso que es un Dios que cumple su pacto y la palabra de su consejo. Podía su pueblo estar confiado en Él, porque Él es Justo; Dios Justo y Salvador.


“y cumpliste tu palabra, porque eres Justo —Nehemías 9:8