Un espacio para la reflexión filosófica y teológica

domingo, 29 de marzo de 2015

¿Dónde irán a parar los que no escucharon el evangelio?



     No han sido pocas las personas que me han hecho esa pregunta, y es casi seguro que usted también se la haya planteado alguna vez, quizás sin encontrar una respuesta clara, lo cual, por supuesto, puede ser bastante inquietante para una mente curiosa. Es posible que incluso a usted mismo le hayan hecho esta pregunta —o alguna similar— y no haya estado seguro de qué responder o de la respuesta dada.   
     Muy a menudo, quienes rechazan la doctrina cristiana de que sólo a través de la fe en Jesucristo hay salvación y vida eterna, arguyen diciendo que Dios sería injusto si condenara a personas que nunca tuvieron la oportunidad de escuchar el evangelio de Jesucristo. Se han dicho cosas como que (voy a parafrasear algunos dichos): "si una persona no tuvo la oportunidad de conocer a Dios —o a Jesús—, Dios no puede proceder del mismo modo como lo hará con los que sí tuvieron esa ocasión y no creyeron"; "Dios es justo y jamás mandaría al infierno a una persona que, por vivir en un lugar remoto, no tuvo la posibilidad de acceder a una Biblia y/o de escuchar el evangelio"; "no puede Dios condenar a alguien que no le conocía y por ende vivió alejado de sus preceptos por desconocimiento de cuál era su voluntad". Otros apelan a la misericordia de Dios y dicen algo así como que: "Dios es demasiado bueno como para condenar a alguien que no tuvo la suerte de estar en el lugar y en el tiempo indicado para oír y responder a su mensaje". Y así hay muchas afirmaciones hasta el punto de negar toda presunta salvación sólo por la fe y sólo por medio de Cristo.   
     Aunque la Biblia es clara con respecto a que sólo existe una única vía de salvación (Jn 14:6; Hch 4:12; 1 Ti 2:5) y a que es por la gracia mediante la fe que accedemos a ella y no por nuestras buenas obras (Ef 2:8), la pregunta persiste: ¿Dónde irán a parar los que no escucharon el evangelio? Si, como dice el apóstol Pablo, la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios (Ro 10:17), tal parece ser que los alegatos de quienes replican con dichos como los anteriormente señalados tienen algo de sentido. Pero una cosa es clara: Dios jamás condenará a un justo, sino que al justo dará vida eterna. El día que Dios juzgue al mundo, lo hará con justicia y con rectitud (Sal 9:8). Entonces, ¿cómo tratar con el argumento de que Dios no debería condenar a los hombres que no tuvieron la oportunidad de conocerle; de conocer su santa ley y de oír el evangelio? Sería "injusto" que Dios les castigara por no obedecer a algo que no conocían, razonan algunos.
     Pero este argumento, aunque parece tener sentido para muchos, es falaz por varias razones:       

PRIMERO: Supone que los hombres de la tierra no tienen ni han tenido absolutamente ningún conocimiento de Dios, cosa que Pablo refuta terminantemente (Ro 1:18-20ss). Según el apóstol, es precisamente porque Dios mismo se ha revelado de diversas maneras a los hombres en la historia, que estos no tienen —ni tendrán— excusa delante de Él por su rebeldía y obstinación en el día del juicio (v. 20).

SEGUNDO: Supone que Dios tiene la obligación de salvar a aquellos que "no tuvieron la oportunidad de conocerle" del modo como nosotros le hemos conocido, cuando la salvación es primeramente una prerrogativa divina que descansa en Su libre gracia y misericordia, y no en la voluntad y en el deseo humano (p. ej. Ro 9:16-18). Dios no está obligado a salvar, y aun si salvare a una sola persona en toda la tierra y en toda la historia, ese sólo acto ya sería un acto de misericordia, tomando en consideración que nadie merece en realidad la salvación, sino sólo la condenación por cuanto todos han pecado contra Él (véase el punto TERCERO). Por cierto que la misma afirmación: "no tuvieron la oportunidad de conocerle" es un tanto apresurada y presume de "omnisciencia", porque supone (de parte de quienes así alegan) un conocimiento que en realidad no poseen, esto es, que realmente esos hombres no tuvieron la oportunidad de conocerle (aunque fuera de manera incompleta), pasando con ello por alto u olvidando acaso que Dios podría (por cuanto es Soberano), de querer hacerlo, haberse revelado para salvación de diversas formas a los hombres de la antigüedad (como de hecho lo hizo a los antiguos patriarcas de Israel, o a hombres como Job o Noé) y a las gentes de nuestros días, conforme a Sus propósitos y de manera condescendiente con cada cultura y civilización, de modo que esta afirmación no es del todo correcta, sino sólo especulativa (recuérdese también lo dicho en el punto PRIMERO).

TERCERO: Este argumento pasa por encima del hecho indiscutible de la naturaleza humana pecaminosa y de la incapacidad del hombre caído de obedecer perfectamente a Dios únicamente por sus propios medios y esfuerzos, y elude la afirmación de que no hay justo, ni siquiera uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios; de que todos se han desviado de Su verdad y todos están destituidos de Su gloria (Ro 3:10-12, 23); de que no puede el hombre hacer nada por sí sólo para salvarse (ninguna obra de justicia), por cuanto es un muerto espiritual incapaz de someterse a la voluntad preceptiva de Dios y mientras "vive" es un esclavo del pecado (Ro 8:5-8; Ef 2:1-3). La naturaleza pecaminosa inherente al hombre significa también la participación de toda la humanidad en esa naturaleza caída, de manera que, desde el punto de vista de lo que es justo según el juicio de Dios, no hay en la tierra tan sólo una persona que merezca la gloria (recuerde: sólo por gracia somos salvos, Ef 2:8). Por tanto, aun si Dios no se hubiese revelado de forma especial a tal o cual persona, ello no le hace injusto a Él, ni mucho menos hace justa o inocente a esa persona inherentemente pecadora. Veámoslo de este modo simple: Sólo porque Dios no se le haya querido revelar de manera especial a tal o cual pecador, no significa que el tal o el cual deban quedar absueltos de sus pecados. Siguen siendo culpables ante Dios.
 
CUARTO: Pablo es enfático y claro al decir que el "justo juicio de Dios" consiste en que Él "pagará a cada uno conforme a sus obras" (Romanos 2:6), "porque no hay acepción de personas para con Dios" (v. 11), y agrega:

"Todos los que han pecado sin conocer la ley, también perecerán sin la ley; y todos los que han pecado conociendo la ley, por la ley serán juzgados. Porque Dios no considera justos a los que oyen la ley sino a los que la cumplen. De hecho, cuando los gentiles, que no tienen la ley, cumplen por naturaleza lo que la ley exige, ellos son ley para sí mismos, aunque no tengan la ley. Éstos muestran que llevan escrito en el corazón lo que la ley exige, como lo atestigua su conciencia, pues sus propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los excusan. Así sucederá el día en que, por medio de Jesucristo, Dios juzgará los secretos de toda persona, como lo declara mi evangelio." (vv. 12-16, NVI)

     Estos textos responden perfectamente a la pregunta inicial, nos advierten con total claridad cómo es que Dios juzgará al mundo y qué es lo que será tomado en cuenta en esa hora de juicio. Pero sigamos.

QUINTO: Ese argumento presupone que Dios eventualmente va a castigar a personas que no se lo merecen, cuando, y en virtud de los puntos TERCERO y CUARTO, Dios no va a castigar al justo, sino que a este vindicará en el día del juicio. El punto es que sólo podemos ser considerados justos por medio de Cristo y de su obra expiatoria; sustitutoria y justificadora. Dios, como ya se dijo, no ha provisto de otro camino, de manera que aun si ha de salvar a hombres que jamás llegaron a conocer el evangelio de la gracia (su expresión neotestamentaria), estoy plenamente convencido de que Dios les ha de salvar con base en la obra de Jesús (Abraham, por ejemplo, fue justificado sobre este fundamento, no a causa de su fe, sino a causa del objeto de su fe, la fe en el Dios de la promesa). 

SEXTO:
 Una consideración a tener en cuenta, es que si los que no tuvieron la posibilidad de recibir u oír el mensaje del evangelio debieran por ese motivo salvarse para no hacer a Dios "injusto" (me han dicho eso antes) ¡entonces lo mejor sería no predicarle el evangelio a nadie!, porque si lo hacemos le daremos a las personas la posibilidad de rechazarlo, y eso implicaría condenación y perdición (Jn 3:18-19); mas sin embargo, si no oyen el mensaje, no lo podrán rechazar y por ende no vendrán a condenación. Naturalmente, ese razonamiento es falaz, no por la conclusión, sino por la premisa de que Dios debiera salvar a los que no escucharon nunca el evangelio. Otro problema surge también de la suposición de que si aquellos que no recibieron u oyeron el evangelio debieran entonces salvarse, es porque en realidad lo hubieran obedecido de haber este llegado a sus oídos, pero eso es una especulación que no tiene cómo probarse, además de que niega lo señalado en el punto TERCERO con respecto a las inclinaciones naturales del hombre no regenerado.

SÉPTIMO: Por último, la predestinación para vida eterna, doctrina bíblica que aparece mencionada en pasajes como Romanos 8:29-30 y Efesios 1:4-5, hace cierta la salvación de los escogidos de todas las partes del mundo. De modo que no es verdaderamente posible que alguien se pierda, por muy aislado que esté físicamente, partiendo de la base de que la salvación es parte de un plan que se remonta a la eternidad pasada, un plan en donde Dios es el Soberano que traerá hacia sí mismo a sus escogidos. No podemos olvidar tampoco que fue el propio Cristo quien dijo: "todo lo que el Padre me da vendrá a mí..." (Jn 3:37, véase también el v. 39), de manera que podemos confiar en que su obra de salvación ciertamente ha de alcanzar a quienes han sido señalados para ser salvos por su gracia y conforme a sus propósitos eternos.



      En conclusión, ¿Dónde irán a parar los que nunca escucharon el evangelio? La respuesta es: Sólo Dios lo sabe con absoluta certeza, pero una cosa sabemos y de esta podemos estar ciertos: Todo aquel que se salve será por la obra toda perfecta de Cristo; sólo se salvarán los que estén unidos a Cristo por medio de la fe, y Dios ha prometido en Cristo Jesús que todo aquel que Él ha dado al Hijo, al Hijo irá y el Hijo no lo perderá. Confiamos en que Dios es fiel a sus promesas y que ninguna injusticia hay en Él. Confiamos también en que su misericordia no es una obligación a la cual la Deidad está sometida, sino el puro afecto de su gracia y de su amor para aquellos con los que Él, en la eternidad, ha establecido una relación de cuidado y salvación. Siempre y en todo tiempo al Dios Soberano sea la Gloria eterna


Por 
Mauricio A. Jiménez