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viernes, 17 de enero de 2020

El ladrón de la cruz y la esperanza mesiánica


Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino


A veces pensamos en el ladrón de la cruz, según el relato de Lucas 23:40-43, como alguien que en el último momento tuvo un acto de justicia y honestidad al admitir su culpabilidad y pedir a Jesús que se acordara de él. Ciertamente, este malhechor mostró un cierto respeto y temor hacia Dios, a diferencia del otro malhechor que estaba crucificado del otro lado e insultaba a Jesús. Pero lo que debemos notar aquí, es que el acto mayormente significativo del ladrón no fue tanto el de un reconocimiento de que él estaba justamente allí porque había cometido un delito, ni aun la afirmación de que quien estaba crucificado a su lado era un Justo, sino algo todavía más profundo que eso: la declaración de que este Justo era el Mesías que Dios había prometido por sus profetas a su pueblo. 

Las palabras «acuérdate de mi cuando vengas en TU REINO», son una petición que, por un lado, apunta evidentemente hacia el día de la resurrección final y, por otro, presupone un reconocimiento respecto de la identidad mesiánica de Jesús; y todo esto en su conjunto resulta interesante si lo analizamos desde el punto de vista de la esperada consolación de Israel en el contexto del judaísmo palestino del período del segundo templo. Implícitamente, el ladrón rogó a Jesús que le resucitara en el día postrero («acuérdate de mí...»), que lo hiciera como el Rey escatológico que es («... cuando vengas en TU REINO»); esto es, como el Mesías que es el Mesías de Dios, el hijo y heredero del trono de David que había sido prometido por Dios bajo la palabra de su pacto; aquel que se sentaría en el trono de David para siempre, vindicaría a los justos de entre su pueblo y levantaría de las ruinas a la aplastada y subyugada nación de Israel, destruiría a sus enemigos y traería tiempos de paz y resplandeciente justicia. Si este ensangrentado y casi moribundo hombre era en verdad el Mesías de Dios, entonces toda la esperanza de la gloria de Israel se encontraba precisamente en Él. Esto, desde luego, le da especial significado al ruego del ladrón.
     La sola petición «acuérdate de mí cuando vengas en tu reino» es extraordinaria, porque a pesar de que toda la esperanza de Israel estaba allí siendo crucificada en ese preciso momento, ante lo cual el pensamiento humano podría haber caído preso de la idea de que entonces la esperanza se había acabado o bien este no era el Ungido de Dios, este malhechor en cambio todavía confío y declaró que el Reino de Dios ciertamente sería restablecido en la tierra, y que este Justo crucificado retornaría en la plenitud de ese Reino. En otras palabras, la petición del malhechor de la cruz, cuyo nombre no nos fue consignado en el propio único relato evangélico pero ciertamente está escrito en el Libro de la Vida del Cordero (aunque la tradición posterior lo llamará Dimas), supone la aceptación y la confianza de que, Primero, Jesús es el Cristo (el Mesías, el Ungido); y segundo, Jesús volverá en la plenitud de su Reino.
     El ladrón de la cruz no necesitó pasar por un curso intensivo de teología bíblica, ni tampoco precisó de conocimientos precisos sobre escatología, soterología, pneumatología, teología propia, o sobre cualquier otra materia a fin para que el Hijo de Dios respondiera a su ruego prometiéndole la vida. Sólo la fe, esa que se aferra a la cruz del crucificado y ruega por su alma convencido de que Jesús es el Cristo de Dios, el Salvador y Redentor que puede darle vida a pesar de su condición deplorable, fue suficiente para que el Señor atendiera a su súplica con las siguientes reconfortantes palabras: «con total certeza te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso»


Mauricio A. Jiménez

sábado, 11 de agosto de 2018

“SANTIDAD PARA EL SEÑOR”


"Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor."
(Hebreos 12:14, RV60)



"La paz con todos, y la santidad" son dos aspectos igualmente importantes en el andar cristiano; son una fiel expresión del propio carácter y andar de Jesucristo, y por consiguiente también una característica esencial del andar de todo verdadero creyente que ha nacido de nuevo; un principio rector de vida, que resulta de la implantación del principio de la nueva vida espiritual en Cristo. No puede ser de otro modo. Pero nótese también que la exhortación no es a seguir “la paz con todos o la santidad”, como si se nos diera la posibilidad de escoger entre una de las dos cuál hemos de seguir, sino más bien ambas cosas juntas—“la paz con todos, Y la santidad”. Sin embargo, más allá de esta relevancia mutua en la práctica de la identificación del creyente con el Cristo a quien sirve, quiero llamar su atención a la segunda parte del versículo, y desarrollar el presente tema a partir de allí:

"Y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor"

No está demás señalar que esta es una exhortación que no depende de algún contexto en particular ajeno al nuestro, para ver si acaso aplica a nuestra propia realidad; muy por el contrario, aún sigue vigente, y quien piense de otro modo está lejos de haber entendido a Jesús cuando dijo:

“Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8, RV60).

Cabe indicar que la base sobre la cual se sostiene este último concepto, es la misma sobre la cual descansa lo dicho por el salmista, cuando reproduce el diálogo entre los peregrinos que deseaban subir al monte de Dios en Jerusalén y entrar al lugar del Templo (o Tabernáculo de reunión) a adorar, y la persona encargada de la entrada[1]: “¿Quién subirá al Monte de YHVH [Yahvé]? ¿Y quién podrá estar en pie en su lugar santo?”, y enseguida se articula la respuesta necesaria a esas dos preguntas (que juntas conforman una sola gran pregunta): “El limpio de manos y puro de corazón; El que no ha elevado su alma a cosas vanas, Ni ha jurado con engaño” (Salmo 24:3-4, BTX3)[2]. De otro modo: Sólo el que es santo puede subir a adorar a Dios delante de la presencia santa de Dios mismo; pues que no puede, Aquel que es adorado por sus súbditos celestiales en la elevada corte del cielo en las palabras expresadas por el conocido superlativo “Santo, Santo, Santo” (véase Isaías 6:3), exigir menos que lo que le caracteriza.

SANTO, SANTO, SANTO...
     Quiero detenerme aquí por un momento, en la adoración descrita en Isaías 6:3, antes de continuar.
     Cuando pensamos en la Santidad de Dios, en la suprema y perfecta Santidad de Dios, muy a menudo se viene a nuestras mentes este conocido pasaje de la visión beatífica de Isaías en 6:3, en donde los Serafines de Dios, cubriendo con dos de sus alas sus rostros daban voces diciendo: "¡Santo, Santo, Santo, Yahvé de los ejércitos! ¡Toda la tierra está llena de su gloria!". Es un pasaje bíblico muy apropiado, si lo que se busca es desarrollar una exposición de la doctrina de la Santidad de Dios. Como versículo introductorio a esa temática creo que no hay otro más pertinente que este, lleno de detalles altamente significativos. Nótese, por ejemplo, cómo es que los Serafines son descritos como cubriendo con sus alas sus rostros y sus pies (v. 2). La Santidad de Dios alcanza tal grado sumo, que incluso estos seres puros y santos exhiben un nivel de reverencia y asombro, propio de quienes están ante la mismísima presencia de la Gloria de Dios, y son plenamente conscientes de lo que ello significa.
     Pero hay algo que observar acerca de esta alabanza del versículo 3, y que es en donde me quiero detener:
     Es muy conocida la lectura que de inmediato algunos expositores infieren de esa exclamación celestial, diciendo: "¡Dios es tres veces Santo!". ¿Lo ha escuchado, verdad? El problema con esa afirmación, es que ¡no es bíblica! ¡Dios no es "tres veces Santo"!, no si con ello sólo se quiere expresar una cantidad numérica; ni tampoco es un Dios "¡muy Santo!" (como cuando se decía de aquel lugar del tabernáculo, llamado "santísimo"), aunque ciertamente Él es "muy Santo". El Dios en quien yo creo y a quien adoro, el Dios en quien seguramente usted cree y adora como cristiano; el Dios de Israel a quien Isaías ve y que sus ministros de luz exaltan en toda majestad, es ¡infinita y absolutamente Santo!
     Es tan inmensa y perfecta su santidad, que al no existir una palabra en el hebreo para expresar en toda su fuerza esta idea, se recurrió a una forma ya conocida a la hora de quererse enfatizar o elevar la categoría de una afirmación: la repetición. La conocida frase con la que Jesús solía comenzar algunas de sus enseñanzas"de cierto, de cierto os digo"es un buen ejemplo de este método usado también por los rabinos de la época de Cristo, pero véanse también en Jeremías 7:4y posiblemente también en Jeremías 22:29el uso de la triple repetición para enfatizar, destacar o dar intensidad a lo que se estaba allí diciendo.[3] Ahora bien, esta triple repetición de Isaías (y que no vuelve a ocurrir en ningún otro lugar en la Biblia, salvo en Apocalipsis 4:8, en donde leemos una cosa similar, y en donde al parecer es Jesús el aludido) significa un grado superlativo absoluto, queriendo decirse con ello que Dios en verdad es perfecta y totalmente Santo. No es una afirmación cuantitativa de Santidad, es una afirmación cualitativa, que expresa el perfecto y completo sentido de lo que se quiere enfatizar.
     Este es, pues, el Dios a quien adoramos; este el Santo a quien sin santidad nadie le verá; esta la razón por la que el profeta exclamó en el acto, diciendo: «¡Ay de mí, que estoy perdido! Soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios blasfemos, ¡y no obstante mis ojos han visto al Rey, al Señor Todopoderoso!» (Isaías 6:5, NVI 1999).
     El Dios de Israel, el Dios que hizo pacto con Abraham y nos prometió un Salvador, una simiente en la que serían bendecidas todas las familias de la Tierra, es un Dios ciertamente Santo; perfecta, infinita y absolutamente Santo.

     Esa es entonces la razón por la cual sólo los de corazón limpio podrán ver a Dios. ¡Qué dignidad más grande que esta! ¡Cuánta excelencia exigida a aquellos que han de ver a Dios! Recuérdese también lo que leímos hace unos momentos, en el Salmo 24, y cuáles son las cualidades morales necesarias para estar en el lugar santo y adorar a Dios (véase la nota 2, para una explicación de las mismas). Como dice el Dr. Pagán, la pregunta que reproduce el salmista es "teológicamente básica e impostergable: ¿Quién puede subir al monte y entrar al Templo? ¿Quién está capacitado para entablar un diálogo serio y una conversación sincera con Dios?"[4] Y dada la naturaleza de la respuesta ofrecida, la implicación obvia es que sólo el que es a la verdad santo en toda su manera de viviresto es, apartado de todo lo que desagrada a Diospuede adorar a Dios sin los obstáculos del pecado y la mundanalidad que caracteriza a los que aborrecen a Dios, de manera que su adoración y su súplica sean atendidas por Aquel que no presta sus oídos al impío (Juan 9:31 cf. Proverbios 15:29; Job 35:13; Salmo 145:18-19), ni mira con agrado a los soberbios (Salmo 138:6). Él recibirá la bendición de Yahvé, y la justicia del Dios de su salvación (Salmo 24:5). La pregunta que, llegados a este punto, debemos hacernos todos, es si acaso somos nosotros así de santos. La respuesta es categórica: ¡NO! No, al menos por nosotros mismos.
     A este respecto, nuestro gozo presente está en que Cristo, por su sangre, nos abrió paso para entrar en el Lugar Santísimo, por el camino nuevo y vivo que Él nos abrió a través del velo de su carne (Hebreos 10:19-20). En Cristo, y sólo por Cristo, podemos ahora acercarnos a Dios, como dice Hebreos 10:22: “con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura”. ¡Él es el Rey de la Gloria que puede, y tiene el derecho supremo de entrar a su lugar santo (cf. Salmo 24:7 y ss.)! Y nosotros podemos ahora entrar ante la presencia del Santo, porque Cristo nos ha hecho posible la entrada. Como dijo el apóstol Pablo, "ya hemos sido lavados, ya hemos sido santificados, ya hemos sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios" (1Corintios 6:11, RV60). Estamos en Cristo, y somos santos en Él.
     Pero, ¿qué queda para el cristiano que ha sido así colocado en Cristo? Seguir la santidad, sin la cual nadie verá al Señor—aquí en el tiempo presente; voz activa y modo imperativo (“estén siguiendo”)—, implica más que simplemente estar en una condición pasiva, es más bien una exhortación a perseguir la santidad (y la paz con todos), esto es, a llevar una vida de santidad práctica. En este mismo sentido, leemos que la santidad es la voluntad de Dios para nuestras vidas; es a lo que hemos sido llamados (1 Tesalonicenses 4:3, 7)[5], como también se dice en otro lugar, “con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 1:2, RV60). Es el propósito para el cual fuimos escogidos desde antes de la fundación del mundo, como dice Pablo: “para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él” (Efesios 1:4, RV60).
     La santidad del creyente, según se puede ver claramente en la cita anterior, es un propósito divino que descansa en la prerrogativa de Dios de apartar a un pueblo para sí, de manera que el bien obrar pasa a ser “una forma visible de manifestar la santidad del llamamiento celestial a que los cristianos son llamados, propia de quienes Dios eligió desde la eternidad.”[6]
     La santidad es la exhortación de Pedro a la Iglesia—“sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1:15-16, RV60)—, y es el mandato imperativo del Señor casi al final de Apocalipsis—“el que es santo siga santificándose” (22:11, NVI 1999). Simplemente no hay excusa para una vida sin santidad; nada en las Escrituras que nos permita disfrutar de nuestra libertad cristiana desde una definición antinomiana de la misma. Nuestra vocación divina debe, necesariamente, caracterizarse por un constante y perseverante deseo de santidad; si no, no hemos conocido a Dios.
     Desde luego, aquí no se está hablando de la santificación en su aspecto inmediato, i.e. de ese estado de la gracia que acompaña a la regeneración y a la justificación en el tiempo de la conversión (en este último sentido todos somos santos. Véase 1 Corintios 6:11; Hebreos 10:10, 14, 19-21; 1 Pedro 2:9), sino más bien a la santidad en cuanto a práctica de la vida cristiana; a la santidad definida en su vinculación al atributo divino de ser Santo, esto es, apartado de toda inmundicia y maldad. En otras palabras, de lo que se está hablando es de la santificación como un trayecto de vida y crecimiento progresivo en la gracia de Dios, que reproduce el carácter de Cristo y la santa piedad (devoción) característica de su peregrinar el tiempo de su ministerio en la tierra.
     "La santidad, sin la cual ninguno verá al Señor", dice F. F. Bruce, “no es, como las mismas palabras lo dejan en claro, una opción extra en la vida cristiana, sino algo que pertenece a su esencia. Es el puro de corazón, y ningún otro, el que verá a Dios (Mt. 5:8). [...] Aquellos que son llamados a compartir la santidad de Dios deben ser santos ellos mismos; este es el tema recurrente de la ley de santidad del Pentateuco, que tiene su eco otra vez en el Nuevo Testamento: "Seréis, pues, santos, porque yo soy santo" (Lv. 11:45, etc.: cf. 1 P. 1:15s.). Ver al Señor es la bendición más alta y más gloriosa que los mortales pueden disfrutar, pero la visión beatífica está reservada para aquellos que son santos en su corazón y en su vida.”[7]
     No hay otra opción aparte de ser santos en toda nuestra manera de vivir; ninguna otra alternativa de vida a la que el cristiano se pueda apuntar. Este llamado imperativo no radica en el simple hecho de haber sido escogidos por Dios, sino en el hecho de que quien nos escogió es Santo, de manera que los suyos han de avanzar en el peregrinaje de la vida como teniendo esta señal sobre sus cabezas: "SANTIDAD PARA YHVH" (o PARA EL SEÑOR), no por supuesto en la forma de una lámina de oro dispuesta sobre la frente (como fue instruido para el ministerio de Aarón, cf. Éxodo 28:36. Ver imagen más abajo), sino en el hábito firme y constante de pensar y reflexionar, teniendo a Dios en cuenta todo el tiempo de este peregrinar en la fe.

     Este es, pues, nuestro desafío diario; esta la demanda divina a los que han sido apartados para ser “luz del mundo” y “sal de la tierra”. Pero Dios, quien nos exhorta en la plenitud de su autoridad a esta manera de vida, no nos ha abandonado; ni puesto sobre nuestros lomos una carga que no podemos llevar, pues nos ha dotado de la gracia para ello, y derramado de su Espíritu en nosotros, de manera que podamos obedecerle con gozo y gratitud; siempre confiados y convencidos de que, como dijo el apóstol Pablo, el que comenzó en nosotros la buena obra, la seguirá perfeccionando hasta el día de Jesucristo (Filipenses 1:6).

   Que Dios nos ayude...


Mauricio A. Jiménez



NOTAS:


[1] Samuel Pagán, De Lo Profundo, Señor, a Ti Clamo: Introducción y comentario al libro de los Salmos (Miami, Fl: Editorial Patmos, 2007), p. 213.
[2] "La expresión «limpio de manos», que aparece únicamente aquí en el Antiguo Testamento, identifica a la persona de conducta intachable y carácter íntegro; alude a quienes actúan en la vida fundamentados en la justicia y no desobedecen los mandamientos de Dios (Dt 26.13); y representa a las personas obedientes y fieles a la voluntad del Señor. La frase «puro de corazón» indica que la persona íntegra no solo actúa bien, sino que su vida está fundamentada en los principios correctos, que en lo más íntimo de su ser se anidan los valores que guían sus decisiones.
   «No elevar su alma a cosas vanas» es, posiblemente, una frase hebrea idiomática que indica la actitud correcta en la adoración, es una manera de rechazo firme a la idolatría. Tanto en los salmos como en la literatura profética a los ídolos paganos se les llama «vanos» o «vacíos» (Sal 31.6; Je 18.15; Jon 2.8). Y «jurar con engaño» puede identificar tanto a la persona que hace falsas declaraciones en contraposición a los mandamientos de la Ley (Ex 20.16), como a los que basan sus juramentos en ídolos o dioses paganos." —Samuel Pagán, Ibíd.
[3] "No confiéis en palabras engañosas diciendo: "¡Templo de Yahvé, Templo de Yahvé, Templo de Yahvé es éste!" (Jeremías 7:4, BJ); "¡Tierra, tierra, tierra!, oye la palabra de Yahvé" (Jeremías 22:29, BJ), cf. Jeremías 23:30-32.
[4] Samuel Pagán, De Lo Profundo, Señor, a Ti Clamo, Ibíd.
[5] "pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; [...] Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación." (vv. 3, 7, RV60).
[6] Samuel Pérez millos, Comentario Exegético al Texto Griego del Nuevo Testamento. Efesios (Barcelona: CLIE, 2010), pp. 156-157.
[7] F. F. Bruce, La Epístola a los Hebreos (Grand Rapids, Michigan: Libros Desafío, 2013), pp. 367-368.

lunes, 30 de octubre de 2017

El Precio de la Gracia


Mauricio A. Jiménez


     No podemos dar por acabada nuestra exposición acerca de la gracia de Dios en la redención del hombre, sin antes decir algo acerca del costo que significó esta gracia dentro del plan redentor de Dios.

     Aunque la gracia define la misma gratuidad de nuestra salvación, ¿significa eso que el costo de nuestra salvación no costó a Dios cosa alguna? Bien lo dijo Bonhoeffer en su magistral obra “El Precio de la Gracia”, cuando define qué es la «gracia cara» con respecto a la conducta del discípulo que sigue a Cristo, y añade: “Sobre todo, la gracia es cara porque ha costado cara a Dios, porque le ha costado la vida de su Hijo —«habéis sido adquiridos a gran precio»— y porque lo que ha costado caro a Dios no puede resultarnos barato a nosotros.”[1]
     De gran valor es esta gracia que nos rescató, pues, como dijo el apóstol Pedro, el pago de nuestra redención no fue con cosas perecederas como el oro o la plata —que aunque pudieran haber redimido a un hombre de la esclavitud en un sentido físico y social, no pueden rescatar al alma de la condenación, ni de la esclavitud al pecado y a la muerte—, sino con la sangre preciosa de Cristo, quien se dio a sí mismo como un cordero sin mancha y sin contaminación (1Pedro 1:18-19). Aquí, en la expresión “sino con la sangre preciosa de Cristo”, el sustantivo tímios (aquí en neutro, tímio —precioso/a) no significa “bello”, como comúnmente se usa en el español, ni tampoco “honroso” (cf. Hebreos 13:4) o “venerado” (cf. Hechos 5:34), sino “de inestimable valor”, “costoso”, “valioso” (como cuando se habla de las “piedras preciosas”, 1Corintios 3:12; Apocalipsis 17:4). Para Pedro, la sangre de Cristo fue el alto precio de nuestra redención, razón por la cual el creyente, en respuesta a esta gracia,  debe llevar una vida en santidad (1Pedro 1:15-16) y conducirse con temor todo el tiempo de su peregrinación (v. 17).
     Gran costo fue para Dios la encarnación; que siendo rico se hizo pobre por amor a nosotros. A esta acción divina Pablo la llama “la gracia de nuestro Señor Jesucristo” (2Corintios 8:9). ¡Costosa encarnación la del Hijo de Dios, que le significó a la Soberana Deidad el despojo de sí mismo! Este Jesús, cuya gloria lo llena todo, se vació de su majestad y de la gloria de su trono; renunció a sus privilegios celestiales “tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:6-8). Sin duda alguna, como dijo Bonhoeffer, “la gracia cara es la encarnación de Dios”.
     Pero esta gracia llama al seguimiento de Jesús. De ahí que también sea cara para nosotros. Dice Bonhoeffer en su libro:

“La gracia cara es el tesoro oculto en el campo por el que el hombre vende todo lo que tiene; es la perla preciosa por la que el mercader entrega todos sus bienes; es el reino de Cristo por el que el hombre se arranca el ojo que le escandaliza; es la llamada de Jesucristo que hace que el discípulo abandone sus redes y le siga.
[…]
Es cara porque llama al seguimiento, es gracia porque llama al seguimiento de Jesucristo; es cara porque le cuesta al hombre la vida, es gracia porque le regala la vida; es cara porque condena el pecado, es gracia porque justifica al pecador.
[…]
La gracia es cara porque obliga al hombre a someterse al yugo del seguimiento de Jesucristo, pero es una gracia el que Jesús diga: «Mi yugo es suave y mi carga ligera».”[2]

     La «gracia cara» es el reflejo de lo que vemos en la llamada de Jesús al joven rico, cuando le dice: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme” (Mateo 19:21).[3] La «gracia cara» es aquella que ofrece la vida eterna a cambio de la negación de uno mismo; es el seguimiento que le significa al discípulo tomar su cruz cada día (Lc 9:23) e ir continuamente en pos de Cristo (nótese el uso del presente imperativo en la voz activa en los tres sinópticos, ἀκολουθείτω μοι —“esté siguiéndome”; cf. Mateo 10:38, “y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí”); es estar dispuestos a perder la vida por causa de Jesús y del evangelio (Marcos 8:35), con la consecuente promesa de la salvación. La «gracia cara» es aquella que le dice al discípulo cristiano: “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí” (Mateo 10:37); es saber que los de su propia casa llegarán incluso a ser enemigos suyos por causa del evangelio (v. 36). La «gracia cara» es estar dispuestos a renunciar a las comodidades del mundo (Lucas 9:57-58); es desistir de las costumbres sociales que detienen al llamado del Señor, es dejar “que los muertos entierren a sus muertos” para ir y anunciar el reino de Dios (Lucas 9:59-60); es poner las manos en el arado sin mirar hacia atrás, es desterrar el corazón de aquellas cosas que no permiten mirar hacia adelante, hacia el seguimiento de Cristo (Lucas 9:61-62).
     La gracia es cara para nosotros, no en el sentido de que ella sea ofrecida a cambio del pago de méritos y/o esfuerzos personales —o como si ella misma fuera una recompensa, pues de lo contrario dejaría de ser gracia (cf. Romanos 11:6)—, sino en el sentido de que por ella no sólo llegamos a ser salvos, también nos identificamos de tal manera con Jesús que la renuncia al yo se transforma en una consecuencia necesaria, en algo que nos impele a llevar una forma y estilo de vida traducida en el seguimiento de Jesús, con todo lo que eso implica respecto del abandono a lo mundanal.

     Invito al lector a explorar todavía más este aspecto de la gracia divina. La obra de Bonhoeffer, a la que ya hemos hecho cita aquí, sin duda alguna será de mucha edificación para el creyente que desea entender este asunto al que el propio Bonhoeffer ha llamado «el seguimiento».


Tomado de mi libro La Justicia de Dios revelada. Hacia una teología de la Justificación, (Salem, Oregon: Kerigma, 2017) pp. 286-288, y adaptado para la presente publicación.



NOTAS:


[1] Dietrich Bonhoeffer, El Precio de la Gracia. El seguimiento. 6ª edición (Salamanca: Sígueme, 2004), p. 17.
[2] Ibíd., pp. 16-17.
[3] En el versículo paralelo de Marcos algunos mss. añaden al final de la llamada al seguimiento: “tomando tu cruz” (véase en Reina Valera 1960).

domingo, 23 de octubre de 2016

"MI REINO NO ES DE ESTE MUNDO"


"mi reino no es de este mundo"
(Juan 18:36)


Ya a estas horas desde el arresto en Getsemaní, y ya aclarando el día, Jesús se encontraba en el pretorio, en dependencias romanas frente a Poncio Pilato, el Praefectus Iudaeae (el Prefecto de Judea). Allí estaba el acusado frente a quien tenía el cargo de gobernador y administrador de las provincias de Judea, Samaria e Idumea; allí estaba el interrogado frente al interrogador al que la historia describe como «un gobernante brutal a quien se atribuyen legendarias atrocidades contra los judíos» [Gary M. Burge].  

“Mi reino no es de este mundo”, es la respuesta abreviada de Jesús a Pilato, cuando este le dijo: tu nación, y los principales sacerdotes, te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?” (Jn 18:35). Pero es una respuesta que se genera a partir de estas primeras palabras del Prefecto en su interrogatorio a Jesús: ¿Eres tú el rey de los judíos? (18:33). Ciertamente, esta pregunta no surgió de improvisorecuérdense los cargos presentados por los acusadores judíos: A éste hemos hallado que pervierte a la nación, y que prohíbe dar tributo a César, diciendo que él mismo es el Cristo, un rey” (Lucas 23:2). Era una acusación grave teniendo en cuenta que en la roma imperial no había mayor delito que oponerse al César, cuya autoridad era simplemente inviolable (y amenazar el orden público era una forma de oponerse al César). El cargo por sedición y lesa majestad era penado con la muerte; y si esta acusación resultaba ser cierta, Jesús debía morir (los israelitas ya habían sido testigos de eso tiempo atrás). Pero Pilato no parece ver una real amenaza en este acusado, y tal parece ser que consideraba que este era un caso que debían los propios judíos resolver, pues parecía tratarse más de un problema religioso que de un problema político que desafiara al imperio y a su autoridad. Pero la insistencia de las autoridades judías, sumado al hecho de que Pilato ya había protagonizado algunos escándalos para con los judíos durante los primeros años de su mandato (véase en Filón y en Josefo), le llevaron a darle el gusto esta vez a la multitud indignada, y Jesús fue juzgado a la usanza romana.

¿Eres tú el rey de los judíos?

La respuesta de Jesús a esa pregunta es simplemente desconcertante. No negó, pero tampoco asintió, simplemente contestó con otra pregunta: ¿Dices tú esto por tu cuenta o te lo dijeron otros de mí?” (BTX3). La réplica de Pilato ante esta contestación nos hace pensar en que ya a estas alturas estaba comenzando a irritarse: ¿Acaso yo soy judío? Tu nación y los principales sacerdotes te entregaron a mí. ¿Qué hiciste? (BTX3). En otras palabras, es como si dijera: «Yo no tengo nada que ver con sus problemas, pues no soy judío. Ahora, no soy yo quien dice esto acerca de ti, son los mismos sobre los cuales supuestamente dices que eres rey quienes te han acusado y te han traído para que te juzgue por estas cosas. ¿Qué puedes decir a este respecto? ¿Realmente tus acciones representan una amenaza?» Y si la anterior respuesta del Señor es desconcertante, esta otra podría confundir incluso al más intelectual de ese tiempo: «MI REINO NO ES DE ESTE MUNDO». 
     Esta es, pues, en primer lugar, una respuesta a la afirmación de Pilato de que “tu nación te ha entregado a mí para ser enjuiciado”, pero que se origina—como ya hemos señalado—de la pregunta, quizás en tono burlesco, de si acaso era Él el rey de los judíos. No es seguro que Pilato haya asimilado o vinculado este concepto con las profecías davídicas que anunciaban el restablecimiento del trono de David en el contexto de la era mesíanica, pero el añadido según el registro de Lucas (diciendo que él mismo es el Cristo) en referencia a la acusación judía en contra de Jesús, podría hacer que la pregunta de Pilato siguiera esa misma idea, por lo cual su pregunta tendría en vista esa vinculación con el Mesías a quien los judíos tanto esperaban. Es imposible de saberlo; no obstante, es difícil pensar que Jesús pudiera no haber respondido afirmativamente a la pregunta si ese hubiera sido el sentido de la misma (cf. Jn. 10:24-26). 
     Pero vayamos a la respuesta del Señor. Para Jesús, el reino del cual Él es el Rey (o aún mejor, el «reinado» suyo: su realeza, su gobierno y su autoridad), no solamente no conoce fronteras demográficas, también su naturaleza misma escapa de la comprensión terrenal, y Pilato, aun con toda su experiencia en asuntos geopolíticos, estaba lejos de haber captado la dimensión de este gobierno no humano. Nótese bien que, como correctamente ha observado también Leon Morris: «Jesús admite que, en cierto sentido, Él es soberano de un "reino". Pero subraya que no se trata de un reino tal y como el mundo entiende ese concepto. El origen de su reino no está en este mundo y, en cierta manera, no tiene nada que ver con este mundo»“Si mi reino fuera de este mundo, continúa diciendo Jesús, “mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos. Debemos notar que, tanto los miembros del Sanedrín como el Prefecto romano, contaban con soldados siempre dispuestos a defender y/o a proteger sus intereses. Pero el reino del Señor incluso en ello era diferente de los gobiernos terrenales, y esta respuesta bien habría dado a entender a Pilato que no tenía él de qué temer. «Si sus servidores no pelearon para evitar que su Rey fuese entregado a sus enemigos, mucho menos usarían la fuerza para establecer su reino» [Webster y Wilkinson], ese parece ser el claro sentido de esto que dijo Jesús. En otras palabras, si realmente su reino representaba una amenaza para el imperio, seguramente Jesús ya hubiera organizado un levantamiento en armaso reunido un ejércitoen contra de las autoridades romanas, pero su reino «no es de este mundo», por lo tanto tal cosa no iba realmente a suceder. 
   Esta respuesta de Jesús me hace recordar el testimonio del arresto según el relato de Mateo. Este nos dice que al momento en que Pedro intentó evitar el arresto de Jesús, él le reprendió diciendo: ¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?” (Mt. 26:53-54). Ciertamente, los ejércitos de Dios son más poderosos que cualquier adiestrada legión romana con amplia experiencia táctica; sin embargo, no estaba en los planes de Dios el establecimiento de un nuevo imperio físico en lugar del actual imperio romano. ¡Y he aquí lo grandioso! Era necesario que su reino «no fuera de este mundo», de lo contrario no hubiera sido crucificado; eso explica también el por qué Jesús, literalmente, huía de las «buenas intenciones» de aquellos que querían hacerlo rey (ver Jn. 6:14-15; cf. Lc. 9:20-22). Sí, Él era el Mesías prometido que había de venir (Lc. 1:32-33, 2:10-11; Hch. 2:30-36; Ro. 1:1-4; etc.); Sí, en Jesús Dios irrumpió en el mundo para traer su Reino y establecer su trono de justicia y misericordia; Sí, en Cristo el Reino de Dios se había acercado a los hombres y la era mesiánica había comenzado, el actual eón ya había tocado a su fin (Mr. 1:14-15; Lc. 11:20). Todo esto es el evangelio que el propio Cristo y sus discípulos predicaron en un principio por las provincias de palestina (ver, p. ej: Mt. 4:23; 9:35; Lc. 9:2, 60; 10:9-11; 16:16; Hch. 8:12; 20:25; 28:23, 31), dando señales indubitables de que Dios estaba haciendo cosas nuevas y de que las profecías del Antiguo Pacto se estaban cumpliendo en Cristo. Pero el Reino de Dios no tenía (ni tiene) las características de este kósmos en el que los reinos terrenales se fundamentan y se mueven. Es por eso que Jesús puede decir: «mi reino no es de este mundo», lo cual es otra manera de decir: «mi Reino no es de aquí», y todavía más: «está lejos de ser asimilado por quien no es parte de él, pues su misma naturaleza no tiene paralelo aquí en la tierra»; su origen no se remonta a las viejas conquistas militares de los grandes imperios, ni tampoco tiene el carácter de ser sólo temporal. El Reino de Dios es como es Dios: celestial, eterno, indestructible e imperecedero.
Erróneamente algunos han pensado que el Reino del Señor, al no ser de este mundo, quiere decir que este mundo no está entonces bajo el gobierno de Dios, en el sentido de estar bajo su control soberano y providencial. ¿No dice acaso Juan que el mundo entero está bajo el maligno (1Jn. 5:19), y que Satanás es el príncipe de este mundo (Jn. 12:31; 14:30; 16:11)? Pero debemos entender que, en el presente contexto, Juan no está empleando el genitivo kósmou (mundo) en un sentido moral y/o espiritual (no está haciendo referencia a este sistema de maldad y de constante oposición a Dios, lo que llamamos «el mundo», y cuyo príncipe vencido es Satanás), sino únicamente en un sentido físico y material (el «mundo» como «el lugar de habitación» de los hombres; como «el escenario» en donde trascurre la historia). Ahora bien, Jesús no dijo que Él no era el rey de este mundo (la definición anterior); lo contrario es precisamente lo correcto: Él es el Rey de reyes y el Señor de señores; Aquel a quien toda potestad le ha sido dada, en los cielos y en la tierra (Mt 28:18 cf. Ef 1:20-22). Tampoco dijo que no tuviera un Reino; más bien a lo que estaba aludiendo era a su Reinado espiritual y escatológico, cuyo origen y naturaleza no eran de este mundo, y por lo tanto no precisa de ser apoyado por las fuerzas físicas de este mundo (es un Reino que trasciende a toda fuerza física, que viene desde lo alto, que es dado por Dios mismo). Aunque el Reino de Dios había sido acercado en la Persona de Jesús de Nazaret, este reino escatológico (pero ya inaugurado y en tensión escatológica hasta su consumación en la Segunda Venida) escomo ya se dijode una naturaleza totalmente diferente a cualquier otra forma de reino conocido hasta ese entonces.
Pilato simplemente parece no haber entendido la profundidad de estos dichos de Jesús. En lo que siguió de su interrogatorioy del juicio subsiguientesu comprensión acerca de quién era en verdad este manso nazareno acusado de sedición, estaba muy lejos de lo que realmente significaban para Jesús las escuetas respuestas hasta ese momento entregadas. Cierto es que Poncio Pilato no pudo entender en qué sentido Jesús era el Rey de un reino que no es de este mundo, y sus palabras registradas en los vv. 14 al 15 del capítulo 19, dejan entrever cuán cegado estaba su entendimiento, y también el de los principales sacerdotes que clamaron, a una sola voz: ¡No tenemos más rey que César!”.

   
A Jesucristo, nuestro Rey y Señor, sea toda la gloria.

Mauricio A. Jiménez