Un espacio para la reflexión filosófica y teológica

domingo, 10 de noviembre de 2019

¿Escudriñad o Escudriñáis?



Es posible que Juan 5:39 sea uno de los versículos más conocidos por los cristianos, pues es al que más a menudo se recurre cuando se quiere exhortar a otros creyentes a estudiar las Escrituras. El texto dice:

«Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí;»

O, más bien, así es como lo traduce la versión Reina Valera 1960. Sin embargo, no todas las versiones de la Biblia en español traducen el versículo de ese modo. Por ejemplo:

«Examináis las Escrituras porque vosotros pensáis que en ellas tenéis vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí;» (Biblia de las Américas)

«Ustedes estudian con diligencia las Escrituras porque piensan que en ellas hallan la vida eterna. ¡Y son ellas las que dan testimonio en mi favor!» (Nueva Versión Internacional 1999)

«Escudriñáis las Escrituras, porque os parece que en ellas tenéis vida eterna, y ellas son las que dan testimonio de mí.» (Biblia Textual 3 edición)

«Vosotros investigáis las Escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí;» (Biblia de Jerusalén, ed. 2001)

«Estudiáis las Escrituras con toda atención porque esperáis encontrar en ellas la vida eterna; y precisamente las Escrituras dan testimonio de mí.» (Dios Habla Hoy, ed. 2002)

«Ustedes estudian las Escrituras con mucho cuidado porque piensan que las Escrituras les darán vida eterna. Pues esas mismas Escrituras son las que hablan de mí.» (La Palabra de Dios para todos)

«Ustedes estudian las Escrituras a fondo porque piensan que ellas les dan vida eterna. ¡Pero las Escrituras me señalan a mí!» (Nueva Traducción Viviente)

Entonces, ¿cuál es la forma correcta: escudriñad o escudriñáis? ¿Imperativo o indicativo, respectivamente? La porción que nos interesa posee la siguiente construcción en el griego koiné: ἐραυνᾶτε τὰς γραφάς (así en NA28, Tischendorf y WH), en donde ἐραυνᾶτε (o ἐρευνᾶτε, como en el Textus Receptus, ver imagen de más arriba) ha sido traducido como un imperativo (escudriñad) y como un indicativo (escudriñáis). La mayoría de las versiones de la serie Reina Valera—con la excepción de RVC—traducen en modo imperativo (también la Versión Moderna, Nacar-Colunga, Mundo hispano, entre otras más); otras traducciones en cambio (ver más atrás) traducen en modo indicativo.
A diferencia de otros casos conocidos, en los que existe más de una alternativa de traducción por la existencia de variantes textuales entre los manuscritos disponibles, aquí no es necesario recurrir a la crítica textual, por las mismas razones—no es una cuestión de variantes textuales. Aquí el asunto es solamente una cuestión gramatical o sintáctica, pero que debe resolverse nada más que desde la exégesis. Y lo que sucede es que la desinencia de la segunda persona del plural, en ambas voces—activa y pasiva—es la misma en el modo imperativo que en el presente del modo indicativo, y esto ocurre no sólo con el presente (que es nuestro caso) sino también en el aoristo y en el perfecto. En otras palabras, la construcción de este verbo—en el tiempo, voz, persona y número en que aparece en el versículo—es la misma para el caso de que fuera un indicativo o un imperativo; por consiguiente, la identificación del modo de un verbo conjugado en esta persona dependerá del contexto inmediato.
A este respecto, creo que un análisis del contexto inmediato nos lleva a inclinarnos por el modo indicativo: «ustedes escudriñan» o «escudriñáis». Jesús había acabado de sanar a un hombre enfermo postrado en una camilla (Juan 5:1-9); y lo hizo en día de reposo (o Sabbat judío), lo cual trajo la indignación de las autoridades religiosas de Jerusalén (v. 16, llamadas aquí con el genérico «los judíos»). Los vv. 19 al 47 son la respuesta de Jesús a las acusaciones de estos judíos furiosos que querían matarle (v. 18), pero deben captar especialmente nuestra atención los vv. 31 al 37. Allí Jesús hace referencia a los testimonios de Juan el bautista—respecto del Cristo que había de venir y ya había venido (1:19-34)—y al que es por las propias obras realizadas hasta aquí por Jesús; este último tiene más peso y por consiguiente es mayor que el de Juan (v. 36). Pero todavía hay espacio en su discurso para un testimonio más: el del Padre (v. 37, «El Padre que me envió, Él ha dado testimonio acerca de mí»). Podría decirse que este «testimonio» hace referencia a la escena del bautismo (Mt. 3:17; Mr. 1:11; Lc. 3:22), pero es más probable que tenga en vista al testimonio de toda la Tanaj (nuestro Antiguo Testamento), como lo dejan entrever los dos versículos que siguen. Jesús acusa a estos judíos de no tener la palabra de Dios morando en ellos, porque no creían en aquel a quien Dios envió (v. 38). Este testimonio del Padre por las Escrituras Veterotestamentarias era conocido por ellos, pero en su incredulidad se habían vuelto ciegos espirituales de aquello que procuraban custodiar con celo religioso, pues no veían a Jesús—a quien claramente las Escrituras anunciaban (cf. Lc. 24:27, 44). Entonces Jesús les reconviene nuevamente diciéndoles: «ustedes escudriñan las Escrituras, porque les parece que en ellas tienen la vida eterna, ¡y ellas son las que testifican de mí!». Es decir, estos judíos estudiaban la Torah y a los profetas, porque creían que por medio de ellas se les anunciaba la salvación de Dios que consiste en la vida eterna; sin embargo, no se daban cuenta de que estas Escrituras eran las que precisamente daban testimonio de Jesús (vv. 46-47), el único en quien está la vida eterna y a quien estos judíos no querían acudir para ello (v. 40).
De nuevo entonces. Tres testimonios son los que han legitimado a Jesús como el Hijo de Dios: el de Juan el bautista (vv. 33-35), el de las propias obras realizadas hasta allí por el propio Jesús (v. 36), y el testimonio de Dios mismo que es por las Escrituras (vv. 37, 39). Estos tres testimonios eran sabidos por estos judíos incrédulos, y no obstante, no les fue suficiente para entender y aceptar el hecho de que estaban frente al Cristo de Dios, el Hijo eterno a quien el Padre había enviado. Jesús no les manda a estos judíos a escudriñar las Escrituras para que vieran que ellas daban testimonio de Él, más bien les reprende por el hecho de que escudriñaban las Escrituras con la esperanza de encontrar en ellas la vida eterna, pero no eran capaces de verle a Él allí. Estos judíos tienen en contra suya la acusación de Moisés, a quien han leído y en quien han puesto su esperanza (v. 45) y; no obstante y para perdición de ellos, no le han creído (v. 46).


Mauricio A. Jiménez