Un espacio para la reflexión filosófica y teológica

viernes, 16 de octubre de 2015

ACERCA DEL LIBRE ALBEDRÍO Y LA LIBERTAD DE LA VOLUNTAD




Por
Mauricio A. Jiménez



    Si tener libertad de elección significa la facultad para escoger cualquier cosa según sea la propia voluntad, entonces esa libertad de elección no es libre en un sentido absoluto (autónoma), sino que depende de cuál sea la inclinación de esa voluntad en el momento de realizarse la elección. En otras palabras, nuestras elecciones no son meras proyecciones aleatorias sin una guía que las gobierne o dirija, sino que son la expresión y la realización de una voluntad antecedente. ¿Por qué escogemos (o elegimos) lo que escogemos? ¿Qué es lo que hace que nuestras elecciones tengan la dirección que tienen, o que bajo ciertas circunstancias escojamos en un determinado sentido?
     Absolutamente todas las elecciones que un individuo toma durante su vida están determinadas por alguna causa que inclina o dirige su voluntad hacia alguna opción por sobre otra, a esto lo llamamos: «autodeterminación”. Incluso en las elecciones más triviales, como comprar un helado de fresa o de chirimoya, nuestra decisión será el resultado de una motivación o deseo previo (¿por qué escogiste el de fresa y no el de chirimoya, por ejemplo?). Este es un hecho para lo cual ni siquiera debiéramos argumentar demasiado, pues es evidente que nunca estamos en un estado de completa neutralidad a la hora de realizar una elección. Las opciones siempre están delante de nosotros, no obstante la decisión que tomemos, la elección que hagamos, necesariamente será el resultado de una causa que dirige a la voluntad y a la determinación. El hecho es que siempre escogemos según es el deseo más intenso en el momento, eso es algo que todos sabemos y experimentamos a diario. En las palabras del profesor John H. Gerstner: «escoger es inclinarse, es preferirlo, y si yo en realidad escojo; me inclino o prefiero cierto curso de acción, es positivamente porque las razones de este curso de acción me parecen más poderosas que otras razones en otro curso de acción que me pueda aparecer.»[1]
     Incluso si fuéramos forzados a una elección, nuestra decisión será el resultado de una preferencia. Por ejemplo, si alguien le apuntara a usted con un arma para hacer lo que no desea, digamos entregar todo su dinero a cambio de no morir asesinado, aun tiene la opción de escoger entre entregar o no su dinero, todavía puede elegir entre vivir y no vivir. Desea vivir, por tanto entrega su dinero. Quizás no le resultará fácil comprenderlo en el momento, pero no puede negar que su deseo más intenso en ese momento, bajo esas circunstancias tan particulares, era seguir viviendo. Ese era su deseo más intenso, o «más poderoso» si se prefiere otro término con igual significado.
     El profesor Gerstner ilustró esta idea de una manera muy similar:

suponga que el autor de este libreto está en este momento parado delante de usted con una pistola en su mano y su cañón apuntándole, diciéndole: "Lea este escrito mío o va a ver". Suponga ahora que bajo esas condiciones usted procede a la lectura. Usted puede estar tentado a creer que está siendo forzado en una situación como esa. Ahora, para estar seguro, usted tiene un delicado instrumento de persuasión apuntándole, pero ese cañón no le fuerza realmente a usted a escoger leer lo que está escrito. Usted escoge leer lo que yo he escrito porque le parece bien hacerlo así. Ahora, admitámoslo, la razón de que le parezca bien a usted hacerlo así, bajo estas circunstancias, es que ello le parece preferible en vez de tener sus sesos derramados sobre el escritorio. Pero, si por alguna extraña razón le pareciera mejor tener su cerebro desparramado en el escritorio en lugar de leer este libro en particular, usted no leería este libro. Así que la razón por la que usted está leyendo este escrito particular, bajo estas circunstancias, es que usted prefiere leerlo que dejar la existencia de este mundo en esta forma particular y en este momento en especial. […] no somos realmente forzados a escoger aun cuando una pistola nos apunte a la cabeza. Está todavía dentro de nuestro poder de escoger el dejar que la pistola dispare. No hay poder en este mundo capaz de realmente forzar nuestro deseo. Puede forzar nuestro cuerpo. Una persona puede atarnos, inmovilizarnos y llevarnos a donde no escogemos ir. Puede quitarnos la vida aun contra nuestra voluntad. Los poderes de este mundo pueden hacer virtualmente todo lo que quieren, pero esta única área es invulnerable e inconquistable ante cualquiera o cualquier cosa, digamos, la soberanía de nuestro propio deseo.[2]

     No es un tema a discutir si acaso los hombres tomamos decisiones libres, tampoco si acaso esas decisiones son voluntarias. En palabras del profesor Anthony Hoekema:

la capacidad de elegir (o la capacidad para escoger) […] es un aspecto inseparable de la naturaleza humana normal.  […] la capacidad para elegir se presupone en el hecho de que el ser humano es una «persona creada». […] la capacidad de elegir es un aspecto de la imagen de Dios en su sentido más amplio o estructural. Entender que los seres humanos tienen esta capacidad para elegir y que conservan dicha capacidad incluso después de la caída, es, por tanto, un énfasis esencial en la doctrina cristiana del hombre. […] Dios no trata con los seres humanos como si fueran un «palo» o una «piedra»; trata con el ser humano como una persona que debe responderle, y al que se le pide cuentas por la naturaleza de su respuesta.
     Desde la perspectiva cristiana, el ser humano es y sigue siendo, como lo plantea Leonard Verduin, «una criatura de opciones, alguien que se encuentra constantemente ante alternativas entre las cuales elige, diciendo sí a una y no la otra».[3] 

     Pero la voluntad humana nunca es libre, i.e. no es autónoma ni libertaria. La voluntad humana no existe ni opera extraña e independientemente de nosotros mismos. Los deseos y las intenciones son una expresión de nuestra naturaleza, de lo que somos como agentes morales, tanto en nuestra condición caída como en cualquier otra faceta humana en donde exista la participación de alguna volición. Tampoco nuestras voluntades se encuentran en estado de completa neutralidad, pues de lo contrario jamás escogeríamos nada en lo absoluto. Debemos entender estos principios, pues, como dije antes, todas las elecciones que un individuo toma durante su vida están determinadas por alguna causa que inclina o dirige su voluntad hacia alguna opción por sobre otra, y esa causa que gobierna a la voluntad se halla en la propia naturaleza humana. Los tres ejemplos anteriores servirán como argumento para esta premisa, por lo que no estimo necesario volver a ese punto.
     Ahora bien, cuando tratamos con el no tan sencillo asunto del libre albedrío y de la «libertad de la voluntad» en el contexto de la antropología bíblica y la soterología, una cuestión que debemos saber responder, es: ¿poseen los hombres una voluntad libre para desear o anhelar cualquier cosa, en cualquier dirección y sentido? O más importante aún para efecto de nuestro estudio: ¿cómo están determinadas las elecciones que el hombre toma en el ámbito moral y espiritual?
     Antes de responder a esas preguntas, quiero señalar que el problema con el libre albedrío no es si somos libres para hacer lo que queramos, sino qué es lo que queremos hacer.
     ¿Quiere el hombre natural buscar a Dios? ¿Desea conocerle o incluso amarle de todo su corazón, mente y alma? La pregunta más importante es: ¿Tiene el hombre caído la potencia para anhelar esa comunión, y la libre determinación para llevarlo a cabo? La respuesta desde la propia Escritura es una absoluta negación (Gn. 6:5; 8:21 cf. Ro. 3:11-12; 8:5-8). El hombre caído ha perdido toda capacidad de anhelar por sí mismo la comunión con Dios y todo interés de conocerle en los propios términos de Dios.
     Tras la caída, no hay lugar en el hombre que no haya quedado afectado y corrompido, de modo que sus elecciones, aunque aparentemente libres, sólo son la expresión de una voluntad ahora cautiva y esclava del pecado. En este sentido, podemos afirma que el hombre perdió la verdadera libertad, i.e. su capacidad de agradar a Dios y actuar en obediencia a Él. Esta noción respecto de las consecuencias intensivas o profundas de la caída no es una idea sostenida únicamente por los calvinistas reformados, pues incluso el propio Jacobo Arminio entendió estos efectos de igual manera: «En este estado el libre albedrío del hombre hacia el verdadero bien no solo está herido, tullido, enfermo, deformado y debilitado, sino también encarcelado, destruido, y perdido. Y, hasta que llega la asistencia de la Gracia, sus poderes no solo están debilitados e inútiles, sino que no existen excepto cuando los estimula la Gracia divina: Puesto que Cristo ha dicho: “Separados de mí, nada podéis hacer”.»[4]
     Entonces, no es que el hombre no tenga libertad para escoger lo que ha de hacer, sino que no es verdaderamente libre para desear hacer otra cosa distinta a lo que por naturaleza es. Nuestra voluntad es dirigida por lo que somos, y si el apelativo de «seres radicalmente corruptos» describe lo que somos luego de la caída, entonces no se puede esperar que nuestras voluntades tengan la misma disposición e inclinación hacia el bien que hacia el mal. «El hecho de que los seres humanos hayan perdido la verdadera libertad» comenta Hoekema «no significa que hayan perdido la capacidad de elegir. Ahora pecan en forma voluntaria; eligen hacerlo. Siguen eligiendo, pero en forma equivocada Ahora son esclavos del pecado.»[5]
     Todos los hombres son esclavos del pecado y de concupiscencia, en otras palabras: son esclavos de corrupción y de sus deseos y/o apetitos pecaminosos. Por cuanto su naturaleza es pecaminosa, las intenciones de su corazón son de continuo solamente el mal, no busca a Dios, no entiende lo que es del Espíritu de Dios y tampoco puede someterse a la ley de Dios.
      En lo que se refiere a la naturaleza espiritual del hombre, esta no es moralmente neutra, sino positivamente pecaminosa, a la vez que privada de toda justicia original. Todas las áreas de su ser (mente, espíritu, voluntad y corazón) están afectadas por el pecado original, en consecuencia sólo es realmente libre para escoger cómo va a pecar, pero no es verdaderamente libre para nunca hacerlo. Jesús mismo refutó la pretendida idea de libertad que tenían los judíos cuando les dijo: «todo aquel que hace pecado ESCLAVO es del pecado […] si el Hijo les libertare serán verdaderamente libres» (Juan 8:34, 36). Pablo define la condición anterior de los creyentes, antes de haber sido regenerados, del siguiente modo: «Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, ESCLAVOS de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros» (Tito 3:3, cf. Ro. 6:17). La fuerza de sólo estos dos pasajes aniquila esa inadmisible idea de absoluta libertad que algunos han pretendido defender. Por lo demás, la libertad que Cristo nos promete sólo tiene sentido si consideramos al hombre natural como un verdadero esclavo de Satanás, de la muerte, de la ley y del pecado.
      Cuando el apóstol Pablo afirma que: «no hay justo, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios […] No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno» (Ro. 3:10-12), o cuando dice que: «La mentalidad pecaminosa es enemiga de Dios, pues no se somete a la ley de Dios, ni es capaz de hacerlo. Los que viven según la naturaleza pecaminosa no pueden agradar a Dios» (NVI, Ro. 8:7-8), no está simplemente exagerando como para enfatizar una idea, ni tampoco tiene a algunas cuantas personas en mente (véase Ro. 3:9, 23). Pablo en realidad está completamente convencido de que el hombre no regenerado (judío y gentil) está absoluta y radicalmente corrupto, de modo tal que no es verdaderamente capaz de realizar ningún bien espiritual, no es en lo absoluto libre para buscar a Dios y agradarle. Misma idea se expresa en Romanos 1:21-22 respecto de la humanidad pasada: «Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios». A los de la iglesia de Éfeso Pablo les exhorta diciendo: «Esto, pues, digo y requiero en el Señor: que ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón».
     A esta condición humana se la ha conocido comúnmente con el nombre de «depravación total». Es una doctrina bíblica, como hemos visto, pero lamentablemente ha sido mal interpretada por algunos cristianos y convertida en una caricatura que no define lo que realmente quiere significar[6]. Esta doctrina, negativamente hablando, no quiere decir que no puede el hombre realizar actos de “genuina bondad” (cf. Mt. 7:11), de hecho vemos a hombres diariamente haciendo cosas moralmente correctas a los ojos de la sociedad. Tampoco significa que ha quedado impedido de tomar decisiones libres y moralmente responsables. No quiere tampoco decir que no pueda tener conciencia acerca de Dios; ni que todo el tiempo y a cada momento va a estar pecando, que hará todo lo malo que pueda hacer o que cometerá toda forma y tipo de maldad mientras viva. Positivamente, lo que se significa con esta doctrina es que: 1º, la corrupción se extiende a cada faceta de la naturaleza del hombre y a todas sus facultades espirituales (es «total» o, lo que es lo mismo, «radical»); y 2º, que el hombre natural es incapaz de realizar algún bien espiritual que acompañe a la salvación o le signifique el favor de Dios, es incapaz de vivir en total y perfecta obediencia a Dios. Todos sus actos de bondad no glorifican a Dios porque no proceden de la fe, ni como para Dios; esto explica la máxima de que «no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Ro. 3:12 cf. Ecl. 7:20).
     Esta incapacidad humana de buscar a Dios o de responder al evangelio sin el auxilio de la gracia, no tiene que ver entonces con una inhabilidad inmanente de la naturaleza humana (o relativa a su constitución), sino con una perversión de la misma. De manera entonces que el hombre natural no sólo no tiene el interés ni la intención de creer en Dios para perdón de sus pecados, tampoco es capaz de percibir la revelación especial de Dios, porque le es locura y no posee la espiritualidad que aquello demanda para su comprensión (1 Co. 2:14).
      Una vez alguien me replicó a todo esto, diciendo: «decir que por naturaleza el hombre jamás podría elegir a Dios ¿no implicaría que por naturaleza el hombre puro (Adán) tampoco podría haber elegido jamás pecar?»
      Pero esta objeción, aunque parece tener mucho sentido, esconde una falacia interesante. Si por «hombre puro» se quiere decir: «hombre impecable», entonces es lógicamente aceptable que Adán y Eva jamás habrían escogido pecar; no obstante, ni Adán ni Eva eran «impecables» (Jesús, y sólo Jesús, fue impecable). Ahora bien, si por «hombre puro” sólo se quiere decir: «hombre no esclavo del pecado», entonces es lógicamente posible que jamás hubieran pecado, aunque era igualmente posible que lo hicieran (de hecho lo hicieron). Lo explico de otro modo para que se entienda aún mejor:
      Antes de la caída, el hombre tenía la misma capacidad para pecar y para no pecar. Adán y Eva tenían la posibilidad de obedecer o no obedecer a Dios. Podían no pecar (posse non peccare, diría Agustín de Hipona), pero en el momento de la prueba su deseo más intenso se vio inclinado a la desobediencia la voluntad para desobedecer fue más poderosa que su determinación de no hacerlo, dado que el elemento de la tentación (ser como Dios) pareció más agradable o codiciable que el abstenerse de pecar. Luego de la caída, el hombre sigue siendo capaz de pecar, pero ahora es incapaz de no hacerlo (non posse non peccare). La voluntad del hombre luego de la caída ha quedado esclavizada a los deseos pecaminosos, y por tanto el dejar de pecar no es una opción real para él, en tanto no sea su corazón recalcitrante transformado en uno nuevo, por el poder y la obra del Espíritu de Dios. Ahora bien, el hombre que ha sido regenerado, es capaz de pecar y capaz de no pecar (libertad similar a la de Adán y Eva). Para eso vino Cristo, para darnos libertad, de manera que ahora podamos obedecer a Dios, libres de las ataduras del pecado. En el estado eterno (cuando seamos glorificados) seremos absolutamente capaces de no pecar e incapaces de hacerlo (non posee peccare). Sólo en ese estado podremos decir con absoluta certeza: el pecado ya no es una “opción” para nosotros, ahora somos absolutamente libres de la potencialidad del pecado.
      Hay, pues, una diferencia entre «capacidad volitiva» y «libertad volitiva», y esto debe servir como resumen para lo que se ha dicho hasta ahora: Todos los hombres tienen capacidad volitiva, esto es, la capacidad de desear alguna cosa, pero no la libertad para desear cualquier cosa en todas las direcciones y sentidos. De otro modo: todos los hombres son libres para escoger cualquier cosa según sea la propia voluntad, pero no poseen una voluntad verdaderamente libre para desear cualquier cosa. Por otra parte, la verdadera libertad sólo es posible en Cristo, y aun así los creyentes no gozamos todavía plenamente de ella sino hasta cuando seamos glorificados; sólo entonces seremos, finalmente, totalmente libres y adoraremos a Dios en perfecta libertad.

NOTAS:


[1] John H. Gerstner, Una Introducción a la Predestinación, [en línea] [Consulta: 15 Noviembre de 2015]. Disponible en la Web: 
http://thirdmill.org/files/spanish/67476~6_14_01_1-49-23_PM~Predestination.html.
[2] Ibíd.
[3] Anthony A. Hoekema, Creados a imagen de Dios (Grand Rapids, Michigan: Libros Desafío, 2005), p. 295.
[4] Disputation 11, «On the Free Will of Man and its Powers», en The Works of James Arminius, London ed., traducida por James Nichols y William Nichols, 3 vols. (London: Longerman, Hurts, Rees, Orme, Brown & Green, 1825-75; repr., Grand Rapids: Baker, 1996), 2:192. La porción citada corresponde a la exposición de Stephen M. Ashby para el punto de vista arminiano reformado del libro La seguridad de la salvación: Cuatro puntos de vista, editado por J. Mathew Pinson (Barcelona: CLIE, 2006), p. 149.
[5] Ibíd., p. 300.
[6] Por ejemplo, David Hunt escribió: “Tome una comprensión humana de ´muerto`, mézclela con la comprensión inmadura de la Palabra de Dios por parte del joven Juan Calvino, contaminada con filosofía agustiniana, agítelo todo y obtendrá la teoría de la Depravación Total”. What Love is this? Calvinism´s misrepresentation of God (¿Qué amor es ese? Calvinismo: Una falsa representación de Dios), p. 119.







martes, 31 de marzo de 2015

Si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo…

Por
Mauricio A. Jiménez


“Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero. Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado.”
2 Pedro 2:20-21


      En nuestro tema de hoy analizaremos el significado de estos pasajes de la segunda epístola de Pedro, en relación con la doctrina de la "perseverancia de los santos". Hay que señalar que este es uno de esos lugares de la Biblia al cual no pocos creyentes recurren para apoyar la antítesis a la doctrina de la seguridad eterna de salvación. Según la tesis defendida por algunos, un verdadero creyente podría caer de la gracia y cometer apostasía, lo que significaría no sólo alejarse de la comunión con otros hermanos en la fe, sino también dejar de ser salvo y, en consecuencia, quedar expuesto a juicio de condenación eterna. 
      A primera vista, pareciera que aquí estamos frente a una advertencia, respecto de la cual los objetos aludidos son creyentes que podrían eventualmente abandonar su profesión de fe en Cristo y cometer total apostasía, esto es, caer en el pecado de una renuncia sin retorno a la fe y a la perseverancia cristiana, repudiando y/o renegando contra Jesús el Salvador. No obstante aquello, una lectura detenida de los textos implicados nos podría ayudar a entender qué es lo que realmente dijo Pedro y a qué clase de personas se estaba refiriendo, si acaso estaba hablando de verdaderos creyentes o no.
      Quisiera, pues, llamar primeramente vuestra atención al contexto en el cual se insertan los versículos citados. Cuando leemos el capítulo completo, de pronto se hace tremendamente claro que las personas de las que se está hablando no eran realmente creyentes, sino de hecho, falsos profetas y falsos maestros (con especial atención en los últimos); hombres injustos que, “siguiendo la carne, andan en concupiscencia e inmundicia, y desprecian el señorío” (vv. 9-10).

"Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina. ... Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme. ... éstos, hablando mal de cosas que no entienden, como animales irracionales, nacidos para presa y destrucciónperecerán en su propia perdición, recibiendo el galardón de su injusticia, ya que tienen por delicia el gozar de deleites cada día. Estos son inmundicias y manchas, quienes aun mientras comen con vosotros, se recrean en sus errores. Tienen los ojos llenos de adulterio, no se sacian de pecar, seducen a las almas inconstantes, tienen el corazón habituado a la codicia, y son hijos de maldición. … Estos son fuentes sin agua, y nubes empujadas por la tormenta; para los cuales la más densa oscuridad está reservada para siempre.(vv. 1, 3, 12, 13, 14, 17)

      Es fácil notar que en ningún lugar se dice que estos fueran cristianos que se "descarrían" (hago aquí uso del término más popular para indicar la apostasía de la fe). No existe modo en que advirtamos que las personas referidas aquí sean hombres regenerados, hijos de Dios que luego dejan de serlo. Sólo se nos señala que son, en pocas palabras, unos charlatanes, farsantes, embusteros y despiadados; unos renegados y rebeldes, cuyo único propósito es introducirse en medio de la congregación con el objeto de torcer la sana doctrina y engañar a aquellos que no estén firmes o que no sean constantes (lit. “no fijos”, “vacilantes”).
      Es respecto a estos falsos creyentes que el apóstol Pedro continúa diciendo:

"Si habiendo escapado de la contaminación del mundo por haber conocido a nuestro Señor y Salvador Jesucristo, vuelven a enredarse en ella y son vencidos, terminan en peores condiciones que al principio. Más les hubiera valido no conocer el camino de la justicia, que abandonarlo después de haber conocido el santo mandamiento que se les dio." (vv. 20-21) (NVI)

      Esta sentencia, lo que intenta comunicar, es que si (nótese el uso de la partícula condicional "sí", Gr. ei) aquellos que han conocido el evangelio (lo que corresponde a la frase "huido de las contaminaciones del mundo por haber conocido a nuestro Señor y Salvador Jesucristo") luego lo rechazan (la frase "enredándose otra vez" en esas contaminaciones), su estado de pecado viene a ser aun peor que antes, porque ahora incurrirían en el error a sabiendas de cuál es la verdad. La relación entre la apostasía de estos que se resisten y rehuyen del santo mandamiento que les es dado, y lo que sucede con el perro y la puerca lavada (v. 22), simplemente ilustra la realidad de aquellos que, por instinto y por naturaleza, incurren en lo que simplemente les es propio a su ser. “Perros y puercos eran antes, y perros y puercos seguirán siendo”. Ambos animales, inmundos para los judíos, simplemente se comportan conforme a su naturaleza; no se puede esperar, por tanto, que hagan algo diferente de lo que verdaderamente son. Así también, estos falsos maestros simplemente seguirán en las disoluciones propias a su estado de natural corrupción (v. 12), el cual no cambió aunque tuvieron alguna aproximación con el evangelio y con el entorno cristiano del cual se rodearon (hablo ahora en términos pasados). De estos se dice: “si habiendo escapado de la contaminación del mundo” (cf. v. 15), de lo cual no hemos de entender, por todas las consideraciones anteriores, que esto significa que llegaron a ser verdaderos hermanos en la fe y hombres nacidos de nuevo, sino simplemente que, como ya se dijo, tuvieron alguna clase de acercamiento o contacto con el evangelio, pudieron gustar del buen mensaje de salvación y hasta anduvieron en medio de los hermanos, pero nunca fueron verdaderos creyentes, de hecho, como hemos visto, eran hostiles a Cristo. Incluso se dice que son “esclavos de corrupción” (v. 19). Como dice Norman Geisler: «…su “conocimiento” del Señor (v. 20) era obviamente un asentimiento mental y no el que surge de un corazón comprometido. Conocían meramente a Cristo como “Señor y Salvador” (v. 20), no como su Señor y Salvador. Eran lobos vestidos de ovejas (Mateo 7:15)»[1]
      Es importante entender correctamente la expresión del versículo uno: "aun negarán al Señor que los rescató". Esto pudiera generar la impresión de que estas personas verdaderamente fueron rescatadas en el sentido salvífico, es decirrealmente experimentaron la redención y la salvación. Pero lo que tenemos que considerar aquí es más bien la idea de que en la cruz hubo real provisión para el perdón de los pecados de todos los hombres del mundo (1Jn 2:2) y, en consecuencia, la redención era, aunque no un hecho consumado para cada ser humano, sí una cosa potencial para estos falsos profetas y falsos maestros, entre otras gentes.
      No obstante esta aclaración, aún hay quienes insisten en entender estas palabras en un sentido diferente. Por ejemplo, las notas al pie de página de la "Biblia de Estudio de la Vida Plena", publicada por las Asambleas de Dios, dejan ver esta idea cuando dice sobre el texto: "Es evidente que los vv. 20-22 quieren decir que algunos de los falsos maestros fueron una vez redimidos del poder del pecado y luego perdieron la salvación (cf. v. 1,15)"[2].
      Es interesante el que a pesar de que en esta Biblia comentada se reconoce que los aludidos aquí son falsos maestros, todavía se piense que entre ellos hubo verdaderos creyentes. Pero cabe preguntarse si acaso es realmente posible que alguien sea un falso maestro y, no obstante, un verdadero creyente al mismo tiempo. Eso no se corresponde con la enseñanza bíblica acerca de lo que es propio del proceder de los creyentes cristianos. Es importante recalcar que aquí no se está hablando de simples hermanos que habrían de cometer algún error en la exposición de la doctrina, sino de hombres que encubiertamente introducirían en la iglesia herejías destructoras (v. 1), intencional y premeditadamente. Es cierto que este comentario bíblico no habla en términos de "verdaderos creyentes", pero sí habla de ser redimidos y de haber sido salvos, lo cual únicamente es posible si se es un verdadero creyente (a menos que se piense que se puede ser un falso creyente y un redimido a la vez, pero eso no tiene apoyo por las Escrituras). Es pertinente entonces volver a preguntar: ¿Es verdaderamente viable que un nacido de nuevo incurra en acciones de esta índole? Según 1 Juan 3:8-9 la respuesta es una terminante y contundente negación.  
      Podemos entonces comenzar a comprender que cuando Pedro hace estas declaraciones (vv. 20-21), nunca tuvo en mente expresar la posibilidad de que alguien pudiera llegar a ser salvo y luego dejara de serlo, ese es un prejuicio teológico y no una conclusión fundada en la exégesis del texto. Estas palabras de Pedro, por tanto, sólo dejan en evidencia la posibilidad de tener un acercamiento con el evangelio y a la vez nunca haber tenido un encuentro personal con Dios. Una cosa es haber sido parte o miembro de una congregación cristiana, y otra muy distinta es haber sido incorporado al Cuerpo de Cristo. Una cosa es haber sido incluso persuadido por el evangelio durante algún tiempo, y otra diferente es haberse convertido por el evangelio. Por cierto que no debemos olvidar que estos de quienes se habló eran los falsos maestros que se introducirían en la congregación de los redimidos cristianos, lo cual en el tiempo del escrito aparece como una advertencia de cosas que han de venir, y sobre las cuales se exhorta a estar apercibidos (3:1-2).   
      Estos falsos maestros de los que habla Pedro son el fiel equivalente de las palabras de Jesús: "Cuídense de los falsos profetas. Vienen a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos feroces. Por sus frutos los conocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los cardos?" (Mt 7:15-16, NVI). También el apóstol Pablo habló acerca de ellos a los de Mileto: “Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos.” (Hch 20:29-30). Y a los de Roma les advierte: “Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos. Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos.” (Ro 16:17-18). Cuando Pablo les dice a los de Mileto que “y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas”, una parábola conocida de Jesús nos sugiere de qué clase de hombres se trata (Mateo 13:24-30, cf. 1Jn 2:19: “Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros”).
      Una reflexión que podemos hacer, a propósito de lo que dice Pedro en el versículo uno tocante a estas personas ("introducirán encubiertamente herejías destructoras"), es el modo como operan a veces los falsos maestros. Muy a menudo los falsos maestros introducen sus enseñanzas no de manera abierta ni directamente al principio, sino a la larga. A veces las herejías no son tan evidentes en un inicio, por ir mezcladas con algo de verdad. "Introducirán encubiertamente" traduce un único verbo compuesto, pareiságo (aquí en modo indicativo y voz activa, pareisanxousin), que literalmente sería: "introducir al lado"; "traer adentro al lado", con el significado de "meter a hurtadillas". La idea expresada aquí es la de hacerlo "con disimulo" (DHH), "sin que ustedes se den cuenta" (BLS, TLA), furtiva e inobservablemente (cf. Jud 1:4). Es la forma oculta como se manejan las "herejías" (Gr. háireseis, primeramente "una creencia elegida" o simplemente "elección", posteriormente "una creencia errada" en contraste con una correcta revelada por Dios), y que a la postre causan apoleia, esto es, destrucción o perdición; primeramente para quienes las sostiene, pero también y extensivamente para quienes las abrazan (v. 2a). Muy rara vez los herejes y falsos maestros darán a conocer su herejía de manera inmediata (aunque no es esta, desde luego, una regla y pueden haber excepciones, como de hecho las hay), sino hasta cuando esta ya ha calado hondo en la conciencia de los ingenuos e inconstantes; sólo entonces,  una vez que la mentira ha sido mezclada con la verdad, las falsas enseñanzas salen a la luz, pero a esas alturas son muchos los que ya ha sido seducidos y sacarlos del error puede llegar a ser una tarea difícil. Tal es el caso de muchas sectas, y aun dentro de congregaciones cristianas en donde se ha permitido la entrada de enseñanzas erróneas y perversas. El Señor nos manda a estar apercibidos de estas cosas y a combatir contra ellas "ardientemente" (Jud 1:3-4).        

     En conclusión, no hay lugar a dudas de que aquí estamos frente a otro de aquellos lugares de la Biblia que nada tienen que ver con la doctrina de la seguridad de la salvación. Es importante insistir en el contexto de las afirmaciones y no dejar que sea el prejuicio doctrinal lo que le dé significado a lo que primeramente debiera comenzar con una hermenéutica adecuada. Por supuesto que hay casos, en especial con los textos más "oscuros" o de difícil interpretación, en donde se hace necesaria una interpretación desde la teología, pero siempre que esta halle perfecto respaldo en el resto de las Escrituras.  



Sólo a Dios sea la Gloria


NOTAS:
[1] J. Mathew Pinson, ed. La Seguridad de la Salvación. Cuatro puntos de vista (Barcelona: CLIE, 2006), p. 101.
[2] Biblia de Estudio de la Vida Plena (Miami, Florida: Vida, 2003), p. 1805.


sábado, 9 de noviembre de 2013

Porque es imposible que los que recayeron…



“Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio.”
Hebreos 6:4-6

Es muy probable que la primera vez que usted leyó este texto, su primera impresión haya sido la de que aquí estamos frente a una advertencia seria contra la apostasía de creyentes. Pero seamos honestos, si algo caracteriza nuestra lectura de la Palabra de Dios es ese “prejuicio teológico” con el cual a veces —no pocas veces en verdad— vamos al texto bíblico. Muy a menudo dejamos que sean nuestras ideas preconcebidas las que den forma al significado de los textos que estamos leyendo, y no dejamos que sea la propia exégesis la que nos encamine hacia tal o cual conclusión.

Dicho sea de paso, pienso que el gran problema con este texto no es el texto en sí mismo, sino el hecho de que muchos vamos a él sin querer realmente entender lo que se está diciendo, y de inmediato asumimos una postura teológica a partir de la cual damos lectura al texto para sacar conclusiones. 

Ahora bien, no son pocos los que citan estos pasajes para afirmar que lo que se está enseñando allí, es la posibilidad de que un verdadero creyente apostate de la fe con la consecuente pérdida de su salvación. Por nuestra parte, no podemos seguir avanzando en la doctrina bíblica de la seguridad de la salvación, sin antes detenernos en aquellos textos de la Biblia que aparentemente afirman lo contrario.


Entonces, ¿cómo entender estos pasajes?

    Yo comenzaría analizando el término que la versión Reina Valera 1960 ha traducido como "recayeron" (verso 6, Gr. parapipto, lit. "caer al lado"). El uso general de este verbo no sólo puede indicar una caída sin retorno (figurativamente se le puede usar para expresar la idea más radical de apostasía [“apostatar”]), sino que también puede emplearse para querer significar una caída de la cual es completamente posible volver a levantarse.[1] Por lo tanto, puede decirse tanto de alguien que cae “fuera” del camino (y en consecuencia se aparta del mismo); como de alguien que cae “en” el camino (y por tanto no deja de estar aún en él). Y dado que una traducción literal del verbo sería simplemente: “caer al lado”, no se puede decir de manera determinante cuál es el sentido que aquí se le está dando, de manera que debemos necesariamente apelar al contexto y a la exégesis amplia de los textos involucrados. 

    Con respecto a estos versículos, se han dado a lo menos cuatro explicaciones posibles, que a continuación paso a resumir de manera muy breve:

    Unos dicen que, si bien el autor de la epístola se está refiriendo a creyentes, no obstante lo que se dice respecto a ellos no es más que un hipotético caso de apostasía.[2] Quienes sostienen esta idea, argumentan que el autor simplemente estaría advirtiendo qué es lo que pasaría si fuera posible caer de la gracia, pero que eso no ocurrirá porque, como luego dice el propio autor: "Pero en cuanto a vosotros, oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores, y que pertenecen a la salvación, aunque hablamos así." (v. 9). De manera entonces que no sería esta una advertencia real contra la apostasía (no es que eso pueda eventualmente llegar a suceder). Como dice Erickson, “existe una posibilidad lógica de apostasía, pero no sucederá en el caso de los creyentes.”[3]

    Una segunda opinión, es que aquí no se está hablando de verdaderos creyentes, sino de meros profesantes, de personas que han estado de alguna manera adheridas o formando parte de la congregación (la "iglesia visible"), pero que no han llegado en verdad a ser hijos de Dios (no son verdaderos creyentes).[4] Algunos argumentan que la gente aludida aquí podría estar relacionada (directa o indirectamente) con las personas de las que se habla en el capítulo 3 (los israelitas del éxodo), y por tanto, a lo igual que estas, las descripciones que aquí se hacen (“gustaron”, “fueron iluminados”, “fueron hechos partícipes”) simplemente definen las bendiciones externas en las cuales fueron implicados aquellos de quienes se habla ahora, no indicando con ello una obra más profunda, intensa y personal que conllevara salvación eterna.

    Existe también la opinión de quienes creen que aquí se está hablando de verdaderos creyentes que cometen apostasía y pierden su salvación.[5] Los proponentes de esta explicación argumentan que esas expresiones (“gustaron”, “fueron iluminados”, “fueron hechos partícipes”) no pueden ser aplicadas a meros profesantes, sino sólo a verdaderos creyentes. Se argumenta también que no puede tratarse de un caso hipotético, porque no tendría sentido advertir de algo que, después de todo, no es realmente posible que suceda. De manera entonces que estos pasajes serían, según ellos, una advertencia seria y real respecto de cristianos que cometen apostasía y pierden por tanto su salvación.

    Por último, están los que sostienen que, a lo igual que el punto de vista anterior y que el primero, aquí sí se está hablando de verdaderos creyentes. Este enfoque también está de acuerdo con el anterior respecto a la objeción que se hace a la postura del caso hipotético. Pero; no obstante esta similitud, en esta última postura se expone que aquí (en el texto), en lugar decirse que estos se puedan perder, se estaría afirmando precisamente lo contrario.[6] Un argumento es que la misma expresión: "es imposible que ... sean otra vez renovados para arrepentimiento", sólo puede significar una cosa: que como la obra de conversión (lo cual es en cierto modo la suma de todas las expresiones que aquí se usan) ya fue realizada de una vez y para siempre, nadie que haya sido transformado por esa obra (una obra soberana) puede recaer al punto de tener que retornar al principio, al momento antes de la conversión (ser “otra vez renovado para arrepentimiento”), porque eso sería igual a crucificar de nuevo a Jesús (v. 6), lo cual tampoco es posible.

    A diferencia de los comentarios que ya he hecho a otros textos dentro de esta misma temática, mi intensión aquí es simplemente exponer, de manera resumida por supuesto, algunas de las más comunes interpretaciones que a estos pasajes se han hecho, a fin de que sea el lector quien comience ahora a buscar cuál de estas presenta mejores argumentos y se apoya más en la evidencia y en el contexto. 

    No obstante, en lo que a mi opinión respecta, este último enfoque me parece bastante intersante, porque ¿de qué otra manera podría ser imposible ser "otra vez renovado para arrepentimiento"?

    La imposibilidad aquí, resultaría más bien de una cuestión teológica: como Cristo ya pagó por los pecados de los que creen, no hay entonces forma como un verdadero creyente pueda recaer al punto de tener que volver a ser justificado y regenerado, eso es imposible, porque el pago de la cruz ya fue suficiente, no son necesarios más sacrificios (cf. He 9:24-28; 10:1-14). Toda esta idea parece ser apoyada por el propio autor de esta epístola, cuando afirma que el Señor, con un sólo sacrificio, "hizo perfectos PARA SIEMPRE a los santificados" (He 10:14). La expresión: “para siempre”, indica la idea de una obra que no sólo comenzó, sino que también ya está completada a partir del mismo momento en que se inició, y tiene por tanto continuidad en el tiempo, todo lo cual es resultado del único y sólo sacrificio de Cristo.

“… pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado. …. así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos;…” (9:26, 28)

     Se dice que es "imposible que sean otra vez renovados para arrepentimiento", puesto que ese "renovados para arrepentimiento" ya fue algo realizado en el momento de la conversión. Y es imposible volver a convertirse, así como es imposible volver a sacrificar a Cristo para hacer posible esa nueva conversión.

Por último, con respecto a "recaer", sólo baste fortalecerse con estas palabras:

"que SOIS GUARDADOS POR EL PODER DE DIOS MEDIANTE LA FE, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero." (1 Pe 1:5)


"Y a aquel QUE ES PODEROSO PARA GUARDAROS SIN CAÍDA, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría," (Jud 24)





Mauricio A. Jiménez


NOTAS


[1] Aún a pesar de este hecho indiscutible, en algunas traducciones, como por ejemplo la NVI, se lee: “se han apartado”, lo que parece dar apoyo a la idea de apostasía.
[2]Por ejemplo, Millard Erickson; Lawrence O. Richards, entre otros.
[3]Millard Erickson, Teología Sistemática (ed. CLIE, ©2008), p.1000.
[4] Por ejemplo, Juan Calvino; Wayne Grudem, William MacDonald, entre otros.
[5]Por ejemplo, Wayne Partain; Stephen M. Ashby; Bill H Reeves, entre otros. 
[6]Por ejemplo, Samuel Pérez Millos; Norman Geisler, Charles C. Ryrie, entre otros.